Archivo por meses: enero 2016

Pasear contigo la ciudad de la abundancia

Frente a las viviendas obreras de la calle Tenerife en el Paseo de Jane de 2014

Frente a las viviendas obreras de la calle Tenerife en el Paseo de Jane de 2014

Algunas mañanas, antes de ir a trabajar, deambulo por la ciudad. Algunas veces, hago parada en estaciones de metro en la línea que media entre mi casa y la estación de Atocha y exploro el territorio sin mapas. Otras, aprovecho desplazamientos que tengo que hacer por diversas causas para lo mismo. Las primeras veces me gusta, simplemente, pasear. Si vuelvo sobre el terreno busco puntos reseñables, miro mapas, y me documento sobre la historia del lugar. Voy haciendo fotos con el móvil al paso.

 Se podría decir que me busco a mí en estos paseos. Me sirve para pensar y pensarme en relación con la ciudad, que es lo mismo que situarme en relación con el espacio socialmente producido: con sus dinámicas de poder y de clase, con sus avatares históricos. En medio de un diálogo bullicioso, preñado lo mismo de pasado que de futuro, que crece en matices y sugerencias con la fertilidad de la calle. Con su abundancia.

 Inmersos en un mundo regido por las leyes económicas de la escasez, me gusta entrar en contacto con imágenes complejas, solapadas, matizadas… Existen algunas realidades materiales que me conectan sensorialmente con la abundancia. Espacios físicos que, a través de la posibilidad de tocar y mirar, consiguen integrarme en un ambiente poroso y diverso.

 ¿Han sentido la misma fascinación que yo en una mercería o en una ferretería? Sienten esa irresistible invitación a la aventura ante el escaparate de una buena tienda de coloniales? La biblioteca, o algunos museos, se abren a los sentidos como espacios donde rige la Ley de la Abundancia, cuyo suelo abonado puede hacer germinar raíces y enredaderas de trayectoria impredecible. Espacios cerrados donde entra siempre la luz.

 Una biblioteca pública es ciudad tal y como venimos invocando en estos textos, es territorio para lo imprevisible y la sociabilidad. Una biblioteca pública, al contrario que otras, institucionales, universitarias o eruditas, es una posta más en el barrio. Formará, potencialmente, antes parte de comunidades cruzadas en el espacio que de la SOCIEDAD. Entre las páginas de los libros siempre hay marcapáginas abandonados, anotaciones en los márgenes y viejas fotografías, que no son sino el rastro perdido de la vida que sucede entre el chistar del bibliotecario y la calle, sus salas.

 Una biblioteca está compuesta por encrucijadas que distribuyen azarosamente trayectos que se anudan y desanudan entre sí: serendipia, intertextualidad y conocimiento. Diversidad sedimentada y maleable.

 Paradójicamente, y como acontece también con algunos museos o las librerías de viejo más abigarradas, su riqueza debe tanto a la acumulación como al orden. El catálogo, que es una selección (aparente fuente de escasez), no sería sino un mapa de puertas y encrucijadas. Luego, el mar por delante.

 A lo largo de la Historia, y desde que en ella es central el ecosistema de la ciudad, ha sido frecuente andar como estrategia de búsqueda de conocimiento personal y externo. Podríamos pensar, en realidad, que la existencia de una calle diversa ( calle escasa es oxímoron)  empuja a deambular. Más que un método analítico, el paseo crítico sería una necesidad vital.

 Cuando Walter Benjamin rescata la figura de Bodeleire, o de El hombre de la multitud de Poe, para traer a primer término al flâneur (paseante,callejero) como científico urbano, quizá sólo hace  lo único posible en un ambiente de ciudad diversa. Cuando los situacionistas diseñan sus derivas o el escritor Ian Sinclair se abraza, tras de ellos, a la psicogeografía para hacer literatura con los adoquines de su barrio (Hackney, en Londres), quizá es la ciudad imprevista y dotada de vida la que les está obligando a ello. Cuando Baroja merodea por los arrabales madrileños, los Cuatro Caminos o los barrios adosados a las tapias de los cementerios, quizá son  los caminos de entrada de mercancías o la elasticidad de la nueva ciudad capitalista los que le convierten en ese merodeador.

 Tiene, sin embargo, un peligro la perspectiva de la flânerie, que transita de la etnografía a la entomología, de la otredad a la pertenencia. El peligro de juzgar además de comprender. Peligro éste que  mantiene en un difícil equilibrio numerosas actividades de urbanismo crítico –de las que yo mismo participo en ocasiones- que basan sus metodologías en mapear y organizar paseos observantes. El peligro de no saber evitar  la mirada condescendiente y colonizadora, que es también el peligro de no poder ser parte de la calle diversa y abundante.

 Antes de haber leído textos que intelectualizan el deambular por la ciudad llevaba haciéndolo una vida. Es algo que aprendí de mi padre. A él se le puede ver caminando por las calles, muy atento. Es un poco como uno de esos capitanes de la calle a los que la gente conoce y siempre saluda afectuosamente. De él heredé la costumbre de pasear concienzudamente, aunque no su magnífico sentido de la orientación. Yo nunca encuentro el camino: vivo en una eterna amnesia espacial, desesperante para los trayectos funcionales de la vida pero apropiada para caminar sin meta ni reloj.

 Sólo cuando te has perdido un buen número de veces por las calles puedes empezar a apreciar los distintos estratos de profundidad que encierran. Una vez te has despreocupado de la línea que dibuja la acera empiezas a asomar la cabeza a los portales para ver los patios interiores. A subir el cuello para apreciar los sotabancos y los objetos atesorados en los balcones. Las ciudades tienen marcas sociales. Recientemente, mi hija se sentó en el alfeizar de un bajo, en una pequeña calle de Tetuán, y reparé en una marca, tenue, de  tiza, que significaba que ese piso estaba ya okupado. Las marcas sociales tienen que ver también con los ritos cotidianos de los vecinos, la música que escapa por las ventanas o gente esperando en las esquinas.

 El otro día, en un callejón poco transitado, me entretuve leyendo las firmas desvaídas de un muro de ladrillo. Encima, sobre el lienzo que la abrasión ha ido dejando libre, nuevas palabras. Debajo, los restos de un Muelle, aquella firma pionera del Madrid de los ochenta. Cerca, muy cerca, subsisten unos locales de ensayo donde Juan Carlos Argüello, el chico de Aluche al final del brazo que firmaba Muelle, se empleaba en las baquetas. Entre un lugar y otro, los viejos muros  de un par de casas bajas. En una de ellas, según pude rastrear en la hemeroteca, se alojó un anarquista buscado por la policía en los años treinta. Historias que se cruzan en el tiempo y que dejan señales en la calle como manchas de sexo en el colchón. Sedimento que, como en la biblioteca pública, conecta intertextos y nos pone en relación con lo que el espacio tiene de producción social.

 Durante el año 2014 participé en una interesante experiencia a lomos de las suelas. A través de un amigo, se me convocó para participar en la organización del Paseo de Jane en mi barrio (Tetuán, en Madrid). Estos paseos  comenzaron a realizarse en Toronto tras la muerte de la famosa urbanista Jane Jacobs (Muerte y vida de las grandes ciudades) en 2006 y se han extendido por todo el planeta como forma de reivindicación del espacio urbano. Suelen organizarse en torno al 5 de mayo, cumpleaños de la urbanista canadiense.

 Yo conocía estos paseos y debo reconocer que me parecían ejercicios un tanto inanes: echar un rato, lamentarse juntos de ciertos problemas del barrio e irse de cañas. Pero no. Lo que yo no sabía es que, al menos como se vienen organizando en Madrid, el trabajo comienza seis meses antes, durante los cuales se pasean esas calles muchas veces, se debate, se habla con los vecinos, se invita a participar a las distintas organizaciones que trabajan sobre el territorio…

 Todo un ejercicio colectivo de reflexión y praxis que me hizo darme cuenta de la distancia que media entre  la construcción personal del deambular y la construcción comunitaria de pasear juntos. Por fuerza, la primera de las prácticas nos ayudará a situarnos a nosotros en cuanto que individuos, mientras que la segunda, más allá de situarnos en colectivo, nos regala además una herramienta de transformación y un nexo comunitario. Una forma de sacar de oído la melodía con los ecos que nos devuelven las oquedades en la ciudad de la abundancia.