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eltransitotxt: dando cuentas de un experimento comunicativo

Desde hace algo menos de un mes vengo desarrollando un experimento comunicativo (empecé el pasado 27 de octubre). El programa de mensajería instantánea Telegram provee desde hace algún tiempo la opción de crear Canales, que no son otra cosa que listas de distribución de información a las que la gente se puede suscribir. Son unidireccionales: hay un emisor y tantos receptores como personas se apunten.

Últimamente, varios políticos lo han empezado a usar como canal de información y un viejo amigo y colaborador,  Arturo, me propuso “¿Por qué no te creas un canal para tus textos?” En un primer momento la idea no me sedujo nada: hablábamos de un canal cerrado y de una estructura vertical de información.

Sin embargo, la idea quedo borboteando en mi cabeza y, poco a poco, empezó a parecerme bonito colarme, como un gato merodeador, en la cotidianidad de la gente a través de su móvil y, precisamente, en el cuarto –la mensajería instantánea- que se está convirtiendo en una casita que llevamos a cuestas todo el día, como aquellos trabajadores italianos que emigraban a la Argentina a principios del XX.

Para no resultar invasivo y hacerlo sostenible me propuse mandar un textito corto cada día, de lunes a viernes (luego me permití la licencia de fallar cuando no tuviera nada interesante que decir). Primero lo testé con un número limitado de amigos, y  la segunda semana decidí mandar una invitación educada a las personas de mi agenda de teléfono que utilizan Telegram. Días después, incluso, lo promocioné discretamente en mis cuentas de Facebook y Twitter.

Con los días, y testando la usabilidad del invento con el propio Arturo, fui introduciendo algunas novedades. Al principio me obsesionaba que sólo llegara una notificación, pero el chat no está hecho para formatear texto y la pequeña resolución de la pantalla hace que, aunque los mensajes sean cortos, aquello pareciera un ladrillo, de manera que ahora los mando divididos en dos o tres bloques. También decidimos introducir un “Tiempo estimado de lectura” junto al título, que oscila entre los 40 segundos y el minuto.

En cuanto a la temática, no me marqué ninguna línea editorial. Soy yo en corto. La máxima es que iba a estar hablando sobre todo para “mi agenda”, de manera que desde el principio tuve claro que los textos se mezclarían con mi vida y no escatimarían en los excesos que me apeteciera incluir. Al fin y al cabo, de momento, sólo llega a una veintena de personas, casi todos conocidos.

Los límites que el invento tenía desde el principio no han desaparecido, me gustaría mucho poder continuar el experimento en una plataforma abierta basada en XMPP (por ejemplo). O a través de algún desarrollo hecho en GNUSocial. Además, Telegram es un programa extendido pero no es Whatsapp, de manera que mi madre no va a leer nunca eltransitotxt. Sin embargo, a día de hoy, mi estrategia de gato merodeador llamando a la ventana  no podría haberla llevado a cabo de otra forma.

El otro límite evidente es la falta de feedback, la sensación de estar hablando sólo. Algunos mensajes privados que me han llegado al respecto han conseguido dibujar en mi cara una sonrisa de oreja a oreja, pero hay que admitir que se trata de un problema.

Esta semana el proyecto ha dado un pasito más, que en nada potencia el experimento en sí mismo, pero que lo hace volar hacia otra dimensión y, de paso, me ayuda a cumplir un viejo sueño. A partir de ahora los mini posts va a estar disponibles en un blog de la sección Voces Amigas de la página del difunto Javier Ortiz. Esta página reúne a algunas personas que me son muy queridas y mantiene la llama de un periodista que fue muy importante en mi formación personal.

En fin, seguiré dando cuentas por aquí de las evoluciones de mi experimento.

  • Si quieres, puedes subscribirte al canal de Telegram (has de usar este programa para ello) en http//telegram.me/eltransitotxt
  • Si quieres, puedes seguir los mensajes en el blog de eltransitotxt

El miedo, la seguridad y el orden en el parque infantil

plaza-del-poeta-leopoldo-de-luis_749922Hubo una temporada este año, durante varios meses, en que no había noche en la que un helicóptero de la policía no pasara por encima de mi ventana. Durante toda la noche. Pude recabar información acerca de como esto ocurría en muchos otros barrios de Madrid. La conversación con un policía me corroboró algo que cualquiera puede intuir: en el caso de que se estuviera buscando a alguien, el uso de un helicóptero no es eficaz en un periodo de tiempo tan dilatado. Sin embargo, el uso de los helicópteros policiales como elemento disuasorio es bien conocido (como sabe cualquiera que haya ido a una manifestación) y, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, juraría que ese TA TA TA sobre nuestras cabezas se vio incrementado durante las fechas cercanas a las elecciones municipales, con lo que cabe sospechar que se estuviera tratando de inducir sensación de inseguridad y miedo, que beneficia –por definición- al voto más conservador.

Esta interpretación mía era un poco temeraria a la vista de la poca información con la que contaba. Ninguna información. De hecho, recuerdo que si algo me sorprendía es que ningún medio local hiciera mención al tema ni intentara averiguar el motivo de aquel zumbido constante, que se acostó con nosotros durante meses, a pesar de que, según informaciones, una hora de vuelo del helicóptero cuesta 2.200 euros entre combustible y personal.

Mucho tiempo antes de que los atentados de París nos hayan arrastrado a la actual situación de miedo y paranoia securitaria, nos hemos ido acostumbrando a la presencia de policías militarizados como nunca antes habíamos visto en Madrid. Con armamento pesado y trajes propios de Robocop, se les puede ver permanentemente en la Puerta del Sol, en estaciones de tren y otros lugares centrales de la ciudad. Y aquí nadie se pregunta nada. La cosa se ha normalizado ya de tal forma que los más disparatados mensajes de Whatsapp se convierten automáticamente en advertencias verosímiles.

El tema del control y el miedo es central en el transcurrir de eso que llamamos pomposamente sociedades avanzadas (como lo fue antes, no nos engañemos). Lo pensaba hace poco sentado en el banco de un parque infantil, que es un lugar donde reflexionamos y salimos del pensamiento sobresaltados, a menudo, quienes tenemos hijos.

La relación con las fuerzas del orden y con el mismo concepto de seguridad es distinto según zonas y clases. Se trata de algo que se interioriza desde la infancia y pensaba, ese día, que cabe pensarla desde el parque infantil, espacio acotado por defecto. Los parques para niños son siempre, en cualquier barrio con un mínimo de presencia de la municipalidad, corrales de colores. Pero lo que rodea al mobiliario cambia. Trazaba en mi cabeza diferencias y relaciones sobre dos parques que conozco, buscando pistas, siendo consciente de que la reflexión podría enriquecerse en el tránsito de muchos otros espacios.

bancos

En el Parque de la Villa de París, llamado popularmente de las Salesas (pues está donde en tiempos estuvo el jardín del convento así conocido) todo es quietud y calma. En la Plaza del Pintor Leopoldo de Luis, en el distrito de Tetuán, hay movimiento y algarabía. El primero está en una cara zona céntrica de Madrid, a espaldas de la Plaza de Colón y rodeado de viviendas reconociblemente burguesas, con sus balconadas acristaladas y portales enormes para el paso de carruajes. El segundo se encuentra en una encrucijada de calles que se ha conocido como El Pequeño Caribe, detrás de la calle Bravo Murillo, y es muy frecuentado por la comunidad dominicana.

Ambos parques comparten el tener un parking subterráneo debajo, con protuberancias que sirven de acceso y como respiraderos. La lucha de los vecinos evitó, en los setenta, la destrucción de parte de la arboleda histórica de las Salesas (a pesar de lo prometido por el Ayuntamiento de la época, gran parte se echó a perder). Recientemente, las imágenes de vecinos movilizándose por la conservación de los árboles se han vuelto a repetir con motivo de la reforma de la Audiencia Nacional.

El aparcamiento subterráneo de la Plaza del Poeta Leopoldo de Luis es, en cambio, el parque. O el parque es su tapa, mejor dicho. La plaza surgió en el espacio resultante de los derribos de una vieja corrala y otras casas. El Ayuntamiento encargó urbanizarlo a la empresa que iba a construir el aparcamiento y el resultado es un espacio lleno de desniveles y moles graníticos, que pertenecen a la estructura exterior del parking. Urbanismo de sobrantes, que consiste en adecuar para lo común aquellos espacios residuales de la actividad privada.

En las Salesas no todo el mundo es blanco. Abundan las personas de procedencia sudamericana y, sobre todo, filipino. Las personas-mujer que trabajan en el servicio quiero decir. En este parque, incluso un domingo por la tarde, uno puede ver mujeres con uniformes de sirvienta cuidando de los niños y niñas del parque infantil.

Las Salesas está permanentemente rodeado de policía : el frente monumental del Tribunal Supremo cierra el parque. A un lado encontramos también la Audiencia Nacional, y otros  tribunales circundan la zona, razón por la cual el barrio donde está se nombra de Justicia. Hay policías y guardias civiles apostados por todos lados. Por esta misma razón, apenas hay un par de papeleras en el mismo (precisamente en las zonas infantiles).

Al Oeste de Bravo Murillo la presencia de la policía es constante y son los vecinos migrantes, o de origen migrante (pues en este barrio hay ya muchos que son nacidos en España o han obtenido la nacionalidad), los principales receptores de la sospecha policial. Se producen redadas racistas y “visitas” a grupos de chavales en la, ya de por sí sospechosa, actitud de ser un grupo y estar parados en la calle.

Existen en Madrid dos modelos de banco pensados desde el urbanismo defensivo, hechos con el propósito de que ningún sin techo pueda tumbarse sobre ellos: los individuales y los que interponen pasamanos metálicos a la altura del espinazo de quien quisiera yacer en ellos. En el Parque de la Villa de París todos –absolutamente todos los asientos- pertenecen a estos dos modelos, también los que están dentro de las zonas infantiles. En el Leopoldo de Luis esto no sucede, los bancos son bancos y lo que no también, pues los numerosos salientes del aparcamiento también sirven a tales efectos. Hay una relación entre gente y metros cuadrados sensiblemente mayor.

En el Parque de la Villa de París los niños juegan dentro de las zonas infantiles y los adultos hacen sus cosas de adulto fuera de las áreas infantiles, desde pasear al perro a jugar a la petanca con pose de quien hace picnics con copas de cristal. En la Plaza del Poeta Leopoldo de Luis los críos en seguida hacen pandilla, en la que se mezclan niños de edades muy diversas, y todos se mueven por los distintos espacios de la plaza: los muretes, los parques pensados para niños de distintas edades, la zona de gimnasia para  mayores…Van y vienen a ver a sus adultos, que juegan al ajedrez o charlan. Allí todo el mundo profesa una rotunda indisciplina ante los espacios delimitados por el urbanismo, propio de quienes viven la calle en vez de visitarla (es, de hecho, así en esta zona: un paseo una noche de verano por las calles aledañas nos trasladarán a la cultura de rellanos de nuestros veraneos juveniles).

Nos encontramos con dos espacios que están en barrios de distintas características socioeconómicas y espaciales. Ninguno pertenece, sin embargo, a los extremos del espectro, hay barrios más pijos que Salesas y muchos barrios más deprimidos que la trasera de Bravo Murillo. A pesar de esto, la diferencia que encontramos en su relación con la seguridad a tan temprana edad se adivina abismal.

En el parque del barrio de Justicia el niño crece rodeado de referentes del Estado, como las estatuas regias de Fernando VI y Bárbara de Braganza (por cierto también separadas por una pequeña valla), o los mismos tribunales. En la Plaza del Poeta Leopoldo de Luis había un monumento dedicado a éste… que se  llevaron a otra plaza de más fuste hace tiempo.

Donde en un sitio la policía representa la seguridad que las clases burguesas buscaron a orillas del eje Prado-Recoletos y Salamanca desde finales del XIX, en el otro el uniforme es sinónimo de intranquilidad. Es en un parque donde un crío de clase trabajadora ha inaugurado tradicionalmente una relación conflictiva con la policía.

Pero primo hermano de la seguridad es el orden y es en el barrio burgués donde el niño respira un clima de perfecto orden: cada cual juega o pasea en su lugar, cada clase social se dedica a sus ocupaciones. La sirvienta, a veces distinguida con uniforme, a hablar con otras sirvientas, los padres jóvenes y más modernos a hablar entre sí, los turistas a ser turistas, reconocibles tras su cámara… Los decibelios en orden, salvo alguna voz, ya ahogada, procedente de una manifestación ocasional en Recoletos. Los asientos perfectamente separados. La gente, en general, de orden.

Es muy probable que una mochila abandonada en el entorno de Salesas (o en otro similar, donde no medie tribunal que lo justifique), produjera la voz de alarma y un cordón policial. Es muy poco probable que sucediera lo mismo en el parque de Tetuán. Lo curioso es que, quizá, la distancia no resida tanto en la diferente atención que un barrio y otro merecen de las autoridades, sino en la propia preocupación que el objeto puede suscitar entre los dos grupos de vecinos.