La frase de Durruti

«Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones; y ese mundo está creciendo en este instante» Esta frase de Buenaventura Durruti, a la que a veces le birlan la segunda parte, puede leerse como lema publicitario, refrito new age o meme, desde luego. Puede recibirse con escepticismo si se tiene puesto un ojo en el noticiario, y hasta percibir la segunda sentencia como puro recochineo. La cita, así pensada, es el residuo de un tiempo pasado en el que una generación pensó que la revolución vibraba bajo sus pies. De hecho, en algunos lugares fue así. Queda lejos.

Sin embargo, las palabras cambian imaginadas como un anhelo realista de la potencia que albergan las ideas correctas y los cuerpos, de músculos tensos y caricias cálidas, haciendo juntos. Como la semilla empapada en algodón que vigilamos por turnos para plantarla cuando le asomen, tímidas, pequeñas raíces. Concediéndole esta intención, la segunda cláusula llega como un nuevo asentimiento de cabeza.

En realidad, yo creo que este fue siempre el sentido real de «Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones…»: universal, no coyuntural; constructivo, no adivinatorio, y por eso revolucionario, no motivacional.

Leída la frase completa no queda lugar a dudas porque, si a veces pierde por el camino la cola, prácticamente nunca es escrita con su cababeza:

«Pero te repito que no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Ese mundo está creciendo en este instante». Esto es lo que dijo Durruti, como lo podría haber dicho otro, y nos sigue impeliendo en 2018 a bombear sobre las ruinas.

Hoy es tu cumpleaños

Hoy es el cumpleaños de J. y hoy, en los momentos de silencio, estoy echando terriblemente de menos su verborrea infantil. Río y me tambaleo, la abrazo en pensamientos y borro todo alrededor.

Como pasa con los amores –con los otros tipos de amores– hay una razón puramente egoísta para adorarlos: nos hacen mejores. Una hija, como una compañera, te ayuda a no ser tan tú, te empuja a ser más complejo– arrojado o conservador, reflexivo o paladín de un yo desconocido–, titubeante, un reflejo pulido por la admiración…

Te hace mejor a pesar de que, como una compañera, te da a conocer el peaje de mirarte de vez en cuando al espejo y verte con la figura descompuesta. Todo lo que grité porque no supe desaguar sangre plomada, lo que no resolví en el tiempo que se me había confiado, sus malas contestaciones que sabes enraizadas en tu pecho…son las razones de esa cara, ajena y propia, que preferirías no verte.

Como una compañera y como una amistad sin adjetivos, intuyes que deberá darte una hostia algún día, soltar las amarras del enamoramiento para, esperemos, latir juntos desde la cercanía en la que te inunda su aliento y se ven las arrugas alrededor de la mirada. Mejor, si sabes vivirlo.

También hay razones para adorar a las hijas que existen únicamente en ellas. Son un universo explotando violentamente para existir. Te envuelve y se adhiere, aunque, a veces, se incrustan esquirlas en la carne.

Esta mañana, después de venir destellando a pasitos cortos hasta nuestra cama, J. nos ha dicho “¡es mi cumpleaños! ¿Por qué celebramos los días en los que nacimos? ¿Quién se inventó lo de celebrar los cumpleaños?”

Me pregunta mucho eso de “¿Quién se inventó…?” Aquella palabra, el idioma…me ha hecho pensar que, de alguna manera, nos educamos para pensar que siempre hay un individuo genial detrás de cada cosa deslumbrante. Aquella palabra, un cumpleaños, el idioma…

Son momentos tan únicos que te hacen reparar en que todos los instantes son los mismos y son de todos. Que tu hija tan tuya –tu explosión de un universo y la mejor versión de ti– es un jironcillo esperando desgarrarse de tu cuerpo: ser salvada de ti.

Igual que las palabras que te gusta paladear como tesoros de azucar, los momentos más íntimos son invención de un todos.

Hoy J, es tu cumpleaños –ahora te hablo directamente– y, aún lejos, he sentido el miedo a verte caminar hacia mundo, al todos, porque es un sitio muy diferente del que me explicas cuando inventamos esas historias en la cama. Cuando, con la palabra desnuda y redondita de niña, pinchamos personajes en el único mundo posible –igualitario, honesto, justo– que sin embargo no es. Me gustaría saber explicarte que querría una barricada con tu nombre y, a la vez, temo ver tu cuerpo en la línea del frente. Que te quiero febril, pero a salvo.

El 4 de septiembre, diástole mío, es tu cumpleaños y quiero seguir aprendiendo juntos de nosotros. De la vida ya aprendereremos entre todos.

El movimiento inquilinario de Veracruz

A principios de 1922 las prostitutas de Huaca, barrio obrero de Veracruz, dejaron de pagar el alquiler por los precios desorbitados de sus cuartos y arrojaron los colchones, las sillas y los muebles alquilados a la calle, con la intención de hacer una gran fogata. Fue el detonante de una protesta social que involucraría a la mitad de la población de Veracruz.

Unos días antes Herol Proal, fundador del Sindicato Revolucionario de Inquilinos, se había reunido con un grupo de 80 mujeres en el patio del edificio de la Vega. “Queridas compañeras la hora de la vindicación social ha llegado y para vosotras ha llegado la hora de la liberación” Proal era un sastre tuerto y entusiasta propagandista de la pólvora, en cuyos discursos resonaban al unísono Lenin y Bakunin.

Las mujeres y los desarrapados portuarios fueron el sujeto político del movimiento. De las fotos de mujeres de la época apenas se recuerda el nombre de María Luisa Marín, que lideraría el movimiento tras el encarcelamiento de Proal. En una, con un grupo de mujeres, aparece la dirigente y fundadora de la Federación de Mujeres Libertarias, una joven mestiza en la veintena de largas trenzas negras.

El propio puerto es el otro protagonista de la huelga. Se construyó en 1902 y llegó junto con el ferrocarril y las promesas de modernidad. Sin embargo, la riqueza nunca se redistribuyó. Una habitación que valía 10 pesos en 1910 costaba de 30 a 35 en 1922. La población del puerto había crecido en veinte años de 29.000 a 54.000 habitantes. Un periódico decía “es raro el día que en los juzgados no se pida el lanzamiento de algún inquilino”. El puerto también trajo a muchos revolucionarios americanos y europeos huidos, muchos de ellos anarquistas.

A finales de mayo 30.000 personas habían dejado de pagar el alquiler en más de 100 patios de vecindad (cuartos al redor de un patio con baño y cocinas comunes). Muchos edificios del centro eran inmuebles coloniales que en tiempos habían habitado familias ricas con sus sirvientes. En ellos se desplegaron pancartas rojas que decían “estoy en huelga y no pago renta”. Pronto las protestas se extendieron por todo el país.

La acción directa fue el lenguaje de la huelga inquilinaria. En los mercados para organizar a las sirvientas o atacando las pensiones donde vivían patronos españoles. Su intención era tomar las posadas para alojar a los compañeros –muchos desahuciados- y organizar a los que ya vivían allí. Además, desde el principio de la huelga se habían apoderado de viviendas vacías. La estampa de cientos de hombres y mujeres desfilando con banderas rojinegras dejó una impronta impactante en la prensa de la época. La imagen de las mujeres y los niños desfilando con silbatos y “amontonándose” frente a la policía para parar desalojos también. La acción directa les valió sonados enfrentamientos con la policía, cientos de muertos y penas de cárcel o exilio para los huelguistas.

A medida que la huelga fue avanzando las propuestas del Sindicato fueron incluyendo demandas como la abolición de la propiedad privada, la liberación sexual y hasta la eliminación del Estado. El movimiento inquilinario mexicano supone un salto político en el continente tras otras huelgas, como la pionera de 1907 en Buenos Aires, en las que se negociaba directamente con los propietarios. Ahora se crean Sindicatos que promueven la huelga general y dirigen su acción hacia las instituciones del Estado. No consiguieron abolir la propiedad privada, pero después de su acción se construyeron casas baratas en los barrios del puerto y se mejoraron las condiciones de pago de los inquilinos.

*Un texto inédito que escribí en 2015, las fuentes han quedado en el olvido…

La mani

Manifestacion-Francisco Álvarez

Una manifestación es gente, mucha gente andando junta con la vista al frente.

“La Huelga” “La Revuelta” o “La Revolución”, pintada por Honoré Daumier en 1860

Lo que dota a una manifestación vida es la sensación continua de que la lengua de carne pueda, de repente, descoyuntarse. Suceda o no. Las fuerzas del orden permanecen tensas, se miran, dudan poder ser dique y sienten temblar el suelo de la calle.

Manifestantes – Gravado de Juan Genovés

Eso, y no las congregaciones satisfechas de cumplir el ritual, es una mani. Una manifestación es una reclamación simbólica de propiedad de la calle en la que las risas nerviosas, los rugidos sordos, el sudor, la música, el entusiasmo inestable y el brillo en las miradas afiladas se vuelven contagiosos y mantienen el tiempo en suspenso.

El Cuarto Estado, pintado en 1901 por Giuseppe Pellizza da Volpedo

Una manifestación son tiempos y espacios que confluyen: tardes de cañas, noches en el calabozo, lecturas, conversaciones, discusiones con la televisión, quedadas para ir, encuentros, despedidas, volver con la pancarta doblada y los pies heridos.

Manifestacion, Antonio Berni (1934)

Aquella mani es un recuerdo y un caminito de gente que se hace pequeñita al fundirse con la línea del horizonte.

Huelga de Le Creusot (1899), de Jules Adler

El centro de la ciudad es una mani por hacer. Una plaza por acampar, un adoquinado por desadoquinar, la memoria densa de mil manifestaciones barrida a los rincones por un urbanista. Y las que quedan.

Huelga de obreros en Vizcaya 1892, Vicente Cutanda y Toraya (en El Prado)

Una manifestación es una convención social, un diálogo con las élites y con los iguales articulada por normas no escritas que todos tenemos claras. Es procesión y es carnaval, pero como la procesión y el carnaval puede acabar en motín.

Huelga en Bogotá, óleo de Clemencia Lucena

Una mani –si es mani- es gas inestable, que se lleva el viento o prende fiestas. Son los gases que exhalan la necesidad, el hambre, el orgullo o el compañerismo. Esos gases huelene e intoxican. Te explotan en luz o en sombra, según la dosis del veneno. Según cuánto nos agarremos las manos. Esos gases llevan revolución al aire

La Huelga – Robert Köehler

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Ser legión con Isa

A la derecha Isa en el solar de Ofelia Nieto 29, con muchos otros vecinos

Hay una mujer en mi barrio que es capaz de parar desahucios con su menudo cuerpo y su determinación gigante. Lo hace con otras mujeres y hombres, lo que, lejos de restarle mérito, lo convierte en un acto revolucionario. Ella puede ayudar a una compañera para gestionar su Renta Mínima de Inserción, organizar recogidas de alimentos asamblearias o poner su cuerpo frente a rocosas barreras de policía. Puede ganar un concurso de tortillas de patata de barrio y planificar los desahucios a los que acude cuadrándolo con la hora de recogida de su hija en el colegio.

Esta misma mañana

Escucha primero, habla despacio después. Y en su charla va calándote la vida que ha pasado desapercibida a tu alrededor. La más jodida. Frases cargadas de empatía y justicia marcan el ritmo de la conversación, como un metrónomo que te pone a desfilar ante los ojos ahora el sufrimiento, ahora un ejemplo vivificador de apoyo mutuo. Aquellos padres que no tenían recursos para enterrar el cuerpo de su crío muerto, aquella explosión de alegría colectiva y abuelos llorando porque se quedaban en casa.

Imaginad por un momento que a esa mujer de mi barrio la quieran meter en la cárcel. Que la juzgaran mañana y que la petición del fiscal fuera de dos años y medio de cárcel por estar apoyando a un vecino estafado el día de su desahucio. Qué terrible suena todo ¿verdad? Si eso sucediera, yo supongo que mañana seríamos un ejército de almas agradecidas acompañándola, tratando de mandarle de vuelta algo de lo que ella ha regalado. Poniendo en práctica todo el poder de reír y sudar juntos que ha ayudado a construir.

Pues es verdad.

Me cuesta teclear. No tengo distancia con el caso y no pretendo que me quede un texto “objetivo”, pero me es más difícil ordenar sentimientos que conceptos. Paro, bajo a la calle a caminar y me encuentro con un desalojo a treinta metros de casa.

Es un bloque de viviendas okupado que ya ha sufrido varios desalojos antes. No conozco su historia pero es muy nuevo, se adivina esquirla de alguna explosión financiero-inmobiliaria. Me comentan amigos, activistas por la vivienda, que hoy se quedan en la calle algunas personas de origen magrebí y español. Familias con menores tramitando el RMI, añade la gente de Invisibles de Tetuán y el Banco de Alimentos.

He contado siete lecheras, hay dos calles cortadas. Una señora con una bolsa de la compra opina que “todos cobran. Los cuatrocientos y pico del Estado no hay ni uno que no se los lleve cada mes”. Pienso en lo que la diría Isa, y sobre todo, puedo imaginar su capacidad para que la indignación quedara clara en un tono de voz calmado.

Es por eso que hace falta Isa y es por eso que mañana la juzgan. Porque nos hace falta. Me viene a la cabeza lo que ha escrito Víctor en otro sitio:

“En el desahucio de Mohamed, su mujer y su hijo de dos años, detrás del cordón policial no podía aguantar ese dolor. Empezó a narrar lo que sucedía a los antidisturbios, para que fueran conscientes del sufrimiento: “¡Ahora la madre baja un colchón!” “¡Ahora entre dos un sofá!” “¡Ahora al niño en brazos!”. Fue desgarrador”.

Me acuerdo de Ofelia Nieto 29 y de las caras de algunos de los policías que acechaban para derribar la casa. De sus gestos airados de humillación y odio ¿Cómo no iban a recordar ellos la cara de Isa? Ella está siempre. Fueron a por Isa porque saben que clavando espinas en una cojea todo el grupo.

En fin, ésta es la frase más importante del texto: mañana juzgan a Isa a las 11 h. en los juzgados de Julián Camarillo 11 (metros Ciudad Lineal o García Noblejas) y necesitamos que vengas a arropar a Isa.

NECESITAMOS es un plural que nos incluye a todas.

Apuntes para entender los peligros clasistas de algunos discursos sobre la movilidad

*Esto no es un artículo cerrado. Ni tan siquiera refleja una opinión uniforme ni cerrada. Son apuntes para aclararme yo que dejo en abierto por si alguien quiere entrar al diálogo.

1.Durante años hemos visto como en los modelos de currículum vitae se añadía una línea para los permisos de conducir, normalmente en las plantillas que se suelen utilizar para los trabajos que requieren menos cualificación académica. Tener el carné era un requisito estándar para acceder a muchas ofertas de empleo y el coche una especie de capacitación para mucha gente de la clase trabajadora que, además, en no pocas ocasiones viven en barrios periféricos o ciudades del área metropolitana de las grandes ciudades.

No es casualidad que el coche (su conocimiento, su cuidado, su tuneo) haya alcanzado categoría de auténtica manifestación cultural en muchas ciudades de extrarradio. Uno moldea su cultura con los barros de la cotidianidad.

2. Vivimos en ciudades en las que el coche tiene un protagonismo excesivo. Tubos de escape que envenenan nuestro aire, ruido y masas mecánicas que nos marginan en las esquinas de las calles. Ciudades inexplicables sin la la ideología del automóvil.

Es inaplazable una reflexión comunitaria y una política activa contra estos efectos secundarios descritos…que nos afectan muy primeramente.

3.Curiosamente, el automóvil comenzó siendo un objeto deportivo, de estatus, que no sólo era privativo de las élites, sino que era odiado por las clases bajas. Durante décadas, aquel invento representó la ideología de la individualidad y la libertad burguesa, simbolizada a través de la velocidad y la separación social.
Los primeros automóviles dejaron muchos cuerpos de niños mutilados, porque la gente no tenía cogida la medida a un vehículo que iba más rápido que los carros a los que estaban acostumbrados y, sobre todo, porque hasta el momento era común el uso de la calzada para la vida diaria.

Las élites comenzaron entonces a crear normas de circulación, aceras, multas y una narrativa que –se puede ver a través de la prensa de la época-, incidía en la irresponsabilidad de las clases bajas, que eran culpadas de sus propios atropellos…por moverse por la calle como siempre habían hecho.

4. En los ultimísimos tiempos ha venido apareciendo cierta concienciación acerca de la necesidad de aparcar definitivamente los coches. El auge del ciclismo militante, la presencia de un urbanismo con la mirada a la altura de los ojos y las noticias acerca de los altos niveles de contaminación entre los que nos movemos lo han facilitado.

Este nuevo discurso, consciente de las aristas oxidadas de las ciudades actuales, han conseguido permear en poco tiempo en los repertorios argumentales de los partidos políticos de diferente signo político. Aunque la derecha siga siendo defensora a ultranza del coche, se le llenará la boca de ciudad habitable y de nuevas pautas de movilidad.

5.Muchas de nuestras ciudades se nos han ido de las manos. Son enormes conglomerados in extenso, con conurbaciones dependientes de la metrópoli para el trabajo, el ocio y la cultura (más allá de los empaquetados en centros comerciales), que aseguran un ir y venir embotellado en las carreteras y nuestro tiempo.

6.Una de las categorías argumentales que se utiliza contra el coche es la del privilegio. Ciertamente, los automóviles ocupan un espacio en la ciudad muy sobre representado con respecto al número de trayectos que se realizan en ellos. Desde este punto de vista es un privilegio, es claro. Pero la narrativa del privilegilegiado obvia que dentro de los coches viajan personas que, en no pocas ocasiones, no disponen de buenas alternativas en transporte público, viven lejos de su lugar de trabajo o dejan a sus hijos en la puerta del colegio a la misma hora que tendrían que entrar a trabajar, y que se disculparán jadeantes por el retraso ante sus jefes. Extraños privilegiados.

7.Los ecosistemas de ciudades en forma de sistema solar que hoy los expertos diagnostican, -acertadamente en mi opinión-, como derrochonas de recursos y poco habitables, son en realidad las ciudades que los expertos del ayer nos legaron.

Hoy, todos queremos una ciudad densa, viva, con mezcla de usos, espacios de ocio y cultura distribuidos en toda su geografía, servicios públicos de proximidad, una administración descentralizada…Lo que pasa es que la realidad material de la que partimos es la realidad de hoy a las 16.48 h. (y cuando lo lean será básicamente la misma).

EL CASO ES QUE estamos peatonalizando los centros de nuestras ciudades, o al menos poniendo trampas (Áreas de Prioridad Residencial) que aseguren que sólo los residentes metan el coche en el centro urbano.

En el segundo punto del artículo quise ser firme: urge sacar muchos coches de nuestras vidas. Sin embargo, no consigo entender porque, junto con los coches, no intentamos sacar de nuestras vidas también las esclavitudes asociadas al trabajo asalariado, que son causa directa de la mayoría de los trayectos en coche (abolir el trabajo queda lejos pero ¿cuántos empleos podrían hoy realizarse algunos días desde la propia casa?); no termino de entender porque el centro urbano, que en nuestra realidad material de las 16.49 sigue conteniendo la mayor oferta de ocio, instancias administrativas, cultura y capital simbólico, sea también el más restringido a la movilidad.

El Centro de mi ciudad está muy contaminado, pero los medidores se muestran igual de alterados en otros puntos periféricos, por cierto.
Me cuesta comprender también la apelación constante a desincentivar, que en realidad quiere decir putear, creo yo. No lo considero adecuado porque ese desincentivar opera sobre la narrativa del privilegio a la que me he referido antes.

En el momento en el que el ocupante del coche (coloque algunos aquí, lector) dejan de ser privilegiados para ser vistos como trabajadores que no han elegido vivir lejos del centro, trabajar donde trabajan y no tener buenas alternativas de transporte, el mero cálculo matemático que está detrás de la desincentivación se vuelve obsceno. Se convierte en un martillo pilón sobre las cabezas de estos trabajadores.

Uno sí cree entender, sin embargo, algunas de las lógicas por las cuales los centros de las ciudades se están convirtiendo en espacios hipermercantilizados, en los que el precio de la vivienda de alquiler no para de crecer y los vecinos desaparecen para ser sustituidos por gente en tránsito constante. Las razones son muchas, pero, en última instancia todas tienen que ver con el carácter exclusivo del centro y el valor económico que esto le otorga. En estas circunstancias, su semipeatonalización (completa y sin que se produzca lo mismo en el resto de barrios) lo convertirá en un lugar aún más exclusivo y caro, en el que un día, tras haber pensado “qué agradable paseo”, levantemos la cabeza y no encontremos vecinos.

Podemos ignorarlo o podemos contemplarlo a la hora de diseñar las políticas de movilidad.

Podemos hacer lanzaderas de transporte rápido, mejorar el sistema de transporte público en las periferias, podemos legislar a favor del teletrabajo en algunos sectores, o de una auténtica conciliación laboral, podemos dedicar parte del espacio público a hacer aparcamientos disuasorios…o podemos ignorar la base material desde la que partimos (la ciudad hoy, en el minuto 16.54) y quitar los coches del centro de la ciudad sin haber empezado a hacer todo lo anterior.

Antes de que alguien se apresure a llamarme ingenuo: no ignoro el esfuerzo y el tiempo que suponen las medidas estructurales. En realidad, no se me ocurre una razón mejor para empezar ya con ellas.

Hay que sacar los coches sí, pero me preocupa que dos ideas se hayan colado entre todas las buenas reflexiones contra el coche que últimamente están calando ¡por fin! en el debate público.

Con la idea del privilegiado, el mal ciudadano, corremos el peligro de que la transición se haga de nuevo a base de generar un discurso culpabilizador y llamar, otra vez, palurda a la gente normal. La que hasta hace dos días ponía que tenía carné en el currículum porque así venía en los modelos. A la vuelta de los tiempos, volvemos a señalar con el dedo a la gente por moverse como se le ha empujado a hacer.

Con la construcción de un centro excesivamente diferenciado podemos reproducir, sin querer, el modelo centralizado que habíamos quedado en superar, tratando de salvar la diferencia con vallas para un escenario cada vez más hueco. No se trata, no, de dejar de mejorar los barrios para que no suban sus precios. Cuando las inversiones no se rozan con el caracter comercial de los centros históricos, los precios de los alquileres no se disparan a la misma velocidad que cuando aparecen en un el plano que te reparten en la recepción de un hotel, y sin embargo ¿en cuántos centros urbanos no hacen falta más centros de salud o canchas deportivas?

Cómo se hizo… ¡Fuego al fielato! El motín de Ciriaco Bartolí en los Cuatro Caminos

Radio Raheem acabó muerto, con los pies colgando, por resistirse a los policías

Cuidado (cuidado)
os avisamos
somos los mismos que cuando empezamos.

Eskorbuto


El otro día pillé empezada en algún canal de televisión Haz lo que debas (Spike Lee, 1989). La película se ambienta en Bedford Stuyvesant (Brooklyn) y tiene como protagonistas a una serie de vecinos del barrio, a los vecinos del barrio (como sujeto colectivo), y al propio barrio (como todo, de ladrillo y piel negra, como forma de vida aparte de la ciudad oficial y espacio con idiosincrasia propia). Aquello, por lo visto, no es ya lo que sale en la peli.

A 28 años vista de Haz lo que debas no me vengas con historias: voy a hablar del final.

Durante toda la película uno de los escenarios importantes es la pizzería de Sal y su familia italoamericana, donde trabaja Mookie (Spike Lee) y han crecido comiendo pizzas todos los chicos y chicas del barrio. El establecimiento es un lugar reconocido por la comunidad como propio del lugar a pesar de ser ajeno a la mayoría de la población negra del barrio. Sam (Danny Aiello) es una figura paternalista; su hijo Pino (John Turturro) es abiertamente racista. Hay un personaje, cuyo nombre no recuerdo, que emprende –sin ningún éxito- una campaña para boicotear el local hasta que algún hermano de color acompañe en las paredes a los Stallone o Sinatra. Hay otro, Radio Raheem, grandullón y malencarado, que discute con Sam por entrar a su local con la música de negros alta en el radio-cassete.

Al final de la película se produce una pelea entre Sam y Radio Raheem, después de que el primero rompa la radio del segundo. La trifulca crece, los cuerpos se amontonan en la acera y cuando la policía llega va directamente hacia Radio Raheem, al que inmovilizan hasta dejarlo seco.

No es la primera vez que la policía mata a un vecino del barrio y todos los que en principio se negaban a hacer el boicot a la pizzería la saquean y acaban quemándola. El saqueo es el inicio de unos tumultos en los que la gente trata de impedir que los bomberos apaguen el fuego y se enfrentan con la policía.

Sólo un día antes retomaba la escritura de un texto que había empezado a escribir un año atrás, y en mi cabeza se cruzaban, una y otra vez, coincidencias entre los Cuatro Caminos de 1901 (barrio entonces en el extrarradio de Madrid) y aquel Brooklyn de los ochenta.

El texto, que escribo con Álvaro, habla de varios motines. El principal de ellos es en verano –como el de asfalto sudoroso de Spike Lee-, transcurre en un barrio sospechoso, apartado, y acaba con la quema del fielato tras la paliza a un jornalero llamado Ciriaco Bartolí por parte de los guardias de Consumos. Como en la película, los vecinos la emprenden a pedradas con los bomberos para impedir que salven el local, que han quemado de forma un tanto simbólica pero con consecuencias bien reales.

En otro motín al que nos referimos en el artículo se saquea el local del tabernero más conocido de la barriada (Canuto Gonzalez), figura respetable pero un tanto ajena a la mayoría de sus vecinos por pertenecer a la pequeña burguesía local. Se muestra arrogante ante una huelga y acaba pagando las consecuencias.

Revisando mis notas (que es una forma como otra cualquiera de decir rebuscando en mi correo electrónico), veo que las primeras informaciones que mi colega Álvaro –el coautor del texto del que esto es trastienda- y yo intercambiamos sobre Ciriaco Bartolí datan de diciembre de 2013. Si la memoria no me falla, escuché por entonces su nombre a Antonio Ortiz, historiador incansable del barrio.

Bartolí volvió a salir a colación en algunas conversaciones y, con el tiempo, fuimos estudiando más la historia de la barriada y descubriendo que aquel fue sólo uno más de los innumerables motines que se produjeron aquí a caballo de los siglos XIX y XX. Sin embargo, Ciriaco Bartolí seguía siendo nuestro favorito, aunque, ya ves tú, su mérito no fue otro que haber recibido fuertes bastonazos en la cabeza. Pero su nombre se nos antojaba lo suficientemente sonoro para ser nuestro Capitán Swing o Ned Ludd de andar por casa.

Nos pusimos a estudiar el motín en serio cuando decidimos organizar unas jornadas populares de historia combativa del barrio en el solar de lo que fue Ofelia Nieto 29, un mordisco en la ciudad que concentra la rabia y la solidaridad de aquellos hechos hoy. Al menos para nosotros, es un espacio importante.

Pintamos la pared para la oación, no he encontrado foticos del evento.

De nuevo a las puertas del verano, bajo improvisados toldos mal sujetos en postes, desgranamos las historias de motines de consumos. Estuvieron también Antonio Ortiz hablando de la huelga revolucionaria de 1917 y Carlos, con el relato de manifestaciones y disturbios tras el derrumbe mortal de las obras del Canal de Isabel II, en 1905. Carlos se incorpora en este momento al Cómo se gestó del artículo, a sus cañas y conversaciones apasionadas.

Está haciendo su tesis doctoral sobre el barrio y con él acordamos seguir trabajando sobre los temas que habíamos expuesto a los vecinos bajo aquel sol de in-justicia en el solar expropiado. Pergeñar una pequeña publicación.

Durante este año hemos compartido los tres aprendizajes continuos y nos las hemos ido arreglando para reafirmar las ganas de escribir el librito a la vez que estirábamos los plazos hasta convertirlos en indefinidos.

Recientemente, cayó en mis manos por casualidad (los inventarios de la biblioteca son una orgía de polvo y sorpresas) Bello como una prisión en llamas, un trabajito vibrante de Julius Van Daal sobre los Gordon Riots(1780).

– “Álvaro, vamos a retomar el texto de Ciriaco, estoy con la vena épica subidita, no va a ser nada muy académico. Escribo una descripción de los hechos y te la paso para ir intercalando explicaciones más históricas”

– “Dale caña, no te reprimas”.

Y en eso estamos. El texto está casi listo y hay otros a punto para coser también. El librito saldrá, aunque le quedan aún muchas cañas, divagaciones y condicionantes vitales que saltar. Pero me apetecía contar la meta-historia del textito, que pronto podréis leer.

Lo bonito de todo esto es que si Álvaro (o Carlos, aunque él lo dará todo en otras partes) escribieran su Cómo se hizo supongo que sería diferente… y parecido a la vez.

Y “la vida sigue igual”

El Atleti Femenino va como un tiro esta temporada

Hoy el Atleti ha perdido contra el Real Madrid la semifinal de la Liga de Campeones por 3-0. No ando muy triste, el equipo jugó un partido muy malo y para ganar al Real Madrid hace falta ser tres veces tu equipo en el campo. Si no es así, como hoy, te ganarán incluso por más goles de lo que, en justicia, merecían meter. No son estos los partidos que más jode perder.

La casa está silenciosa y andaba dándole vueltas a la frase de un amigo madridista en un chat: La vida sigue igual. Una frase más dentro del choteo habitual en el fútbol, sin mayor relevancia ni mala intención, pero que ha dejado pensando con los dedos. Es decir, escribiendo estas líneas.

Hace ya unos cuantos años que no sigo el fútbol más que de reojo. Reconozco que, caminando los treinta, el fútbol dejó de interesarme lo suficiente como para escalar los muros que se interponen entre una afición moderada y los partidos: el precio de las entradas, la ausencia de buen fútbol en abierto o la lejanía estética con la figura del futbolista contemporáneo.

Un ejemplo. Hoy J. Me pidió que leyera un capítulo de su libro en la cama justo cuando empezaba la segunda parte. Estaba a punto de decirle que hoy lo leyera ella, que mañana…cuando me dije, “qué demonios”. Me reenganché al partido en el minuto quince o veinte. Otro. Cuando, de tanto en tanto, veo un partido con mi padre -uno del Atleti, por supuesto-, le tengo que preguntar quién es el chaval de la cantera que ha salido de titular o qué tal juega el nuevo fichaje.

El fútbol ocupa hace mucho un espacio muy residual en mi vida, como se ve. Espacio poco, importancia ninguna. Quizá por eso, siendo yo un llorón desbocado, en esto del fútbol he derramado lágrimas por ganar, nunca por haber perdido.

Mmm¿Importancia ninguna? Querría desdecirme: más allá de lo que pase en la cancha, sigo encontrándome a gusto en la intensidad de ser del Atleti. Para mi esto es un juego, uno capaz de crear, de vez en cuando, brasas en las sobremesas de fría oficina y olor a sudor de manada en tiempos individualistas y asépticos. Ahí, con otra gente, sigo reconociéndome y me temo que esto no caduca.

La vida sigue igual, sonrío. Todo sigue igual, efectivamente, en el Olimpo de los Dioses, pero desde la final de Lisboa (2014) el Atlético había ganado cinco de los trece enfrentamientos con el Real Madrid (se habían empatado otros tantos y sólo se perdieron tres). Tres veces se ganó en el Bernabeu. La vida sigue igual, pero no para los atléticos, que hemos visto como desde la llegada del Cholo se han ganado una liga, una copa, una supercopa (de España y de Europa), una UEFA – el año antes otra contra el Inter- y se ha llegado a dos finales de la Liga de Campeones. Nada, la vida no ha cambiado casi nada, no te jode.

Cuando era pequeño en clase éramos dos del Atleti. Aguantando el tirón, lo juro. Hoy, en el colegio de mi hija hay más niños del Atleti que del Madrid y, lo que me parece más interesante, he comprobado que los padres y madres a los que no les interesa el fútbol son, casi invariablemente, un poco colchoneros. Antes, lo normal era ser por defecto del Madrid. Hoy, si hay que elegir, se decantan a favor del más simpático o contra el más odioso (y, siento si pensaban que era un futbolero ecuánime y noble, casi prefiero lo segundo). Nada, qué va, nada ha cambado: la vida sigue igual.

Lo que me daba que pensar de la frase era que, sin quererlo quien la pronunció, resume a la perfección la razón por la que soy del Atleti. O quizá la razón por la que podría ser de otro equipo pero nunca del Real Madrid ¿Qué personaje de una buena película sería del Real Madrid? ¿Qué lector de una novela decente esperaría que el primer final que se le ha pasado por la cabeza sea el elegido por el escritor? ¿Quién jugaría una partida de un juego en el que no esperara, esta vez, superar al monstruo final?

No hay señorío -la palabra más madridista- que no merezca ser derribado por sus plebeyos ni hay pasión en la dominación de los señores.

En serio ¿Quién coño quiere que la vida siga siendo igual?

M y M en Puntossuspensos

M. es una artista. Hace libro-objetos únicos. En serio son únicos, no se trata de un adjetivo valorativo -merecido-, es absolutamente descriptivo. El cuaderno que M. hace para ti es de veras distinto y singular. Eres el único poseedor en este planeta de las formas, ideas y susurros que contiene.

M. (otro M.) tuvo hace tiempo problemas con la justicia. Esta no es una historia de redención y comprensión hacia alguien empujado a delinquir por su situación bla bla bla. Es la tristemente frecuente historia de una persona inocente que ha cargado con un montaje policial destinado a reprimir los movimientos sociales. No voy a contar ahora cómo, por intentar parar un desahucio, se puede llegar a soportar sobre los hombros el peso del Estado. Quien quiera ver que mire. De momento, parece que la cosa se ha resuelto de forma justa y M. no debería llegar a ser juzgado (meses y meses de angustia, preocupaciones y sufrimientos tampoco se los va a restar nadie de su no-juicio, no-condena).

M. (la primera M.), la que ya os he contado que es una artista, manufactura cuadernos para costear los gastos judiciales de M. Trabaja con collage, con papel y con sensibilidad. Lo hace convirtiendo un cuadernillo de solfeo en un objeto muy suyo hecho para ti.

El post es en parte de agradecimiento y, en parte, para dar envidia…

…O no tanta, entra a conocer el trabajo de M. en Puntos Suspensos (también FB) y contacta con M. (la M. que tiene el taller de convertir partituras en música sin instrumentos, no M. quién  paró mil desahucios).

¿En qué estantería colocarías Contra el running?

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Una de las cosas que hago en mi trabajo es catalogar libros. Hoy llevé un ejemplar del ensayito que acabo de sacar a la biblioteca en la que trabajo para donarlo y… Espera, igual no lo sabéis. Esta semana ha salido un ensayo mío titulado Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial. Se trata de una propuesta que me hizo Juan Cruz, de Piedra Papel Libros que enseguida hice mía.

Sigo. El caso es que después de catalogar un libro (es describirlo: se llama así, tiene XX páginas, su autor se llama Mengano, etc.), hay que clasificarlo, que consiste en decir de qué trata con una serie de materias estandarizadas. Éste es un libro de resistencia de materiales, este de psicoanálisis y aquel tan gordote es un tratado de derecho matrimonial…Es muy normal que los libros traten de cosas muy diversas al mismo tiempo, lo cual no es un problema porque se le pueden dar tantas materia como se precise. Sin embargo, sucede que usualmente las bibliotecas ordenan sus libros en las estanterías en virtud de la materia que se considera principal, de manera que estén agrupados en secciones.

Y aquí la hemos liado ¿de qué trata principalmente Contra el running? Habla de running inequívocamente (lo pone en la parte más grande del título), por lo que debería colocarlo en algún subapartado de Deportes. También habla de Ciudad, según versa en el subtítulo mmm el encaje no es del todo claro. Si no lo hubiera escrito yo tocaría echar un vistazo al índice para hacerme una idea más precisa del contenido (y luego te lees la introducción y hay veces que prácticamente el libro).

indice

A decir verdad, Contra el running me quedó un poco promiscuo y ligeramente impresionista. A pesar de que es un texto corto, hablo de cosas muy diversas para tratar de encontrar los contornos de eso que es el running dentro de la lógica del propio texto. Porque salir a correr no es exactamente el running aquí.

De lo que se habla en aquellas páginas es de un fenómeno masivo que en los últimos años se ha utilizado a menudo como metáfora de un discurso de las élites, que discurre por los derroteros de la llamada productividad personal, el individualismo y ciertas formas de entender la perseverancia similares a las que rellenan los libros de management . Hay decenas de libros de autoayuda, centenares de recortes de prensa y miles de diapositivas de PowerPoint que inciden en estas ideas.

El running, entendido como este discurso público de élites que llega tomar categorías morales, es sólo una teselita del enorme mosaico de nuestra sociedad postindustrial y urbana, pero es éste y no otro el que hemos utilizado de hilo conductor, como la ciudad y sus cambios es el escenario de la narración.

¿Después de esta breve explicación tenéis más claro en qué sección de la biblioteca colocarías el libro? Yo tampoco.

*El libro puede adquirirse en los puntos de venta habituales de distribución de Piedra Papel Libros y a través de piedrapapellibros@gmail.com