presupuestos

El participacionismo como tapón democrático

Acaba de ponerse en marcha la fase de votación de los presupuestos participativos del Ayuntamiento de Madrid. Echándo un vistazo a las propuestas, y después de una fase anterior (la correspondiente a los de 2016, en fase piloto) y la experiencia de la reforma para la Plaza de España, mi impresión es que la fetichización de la participación, en su vertiente pido y voto a través de internet, se ha convertido en un tapón para la profundización democrática.

El participacionismo, en tanto que eje central de la política municipal madrileña.

¿Participacionismo? La primera vez que escuché el término lo hice en el contexto de conversaciones con mis amigos de Las Indias referido a entornos digitales:

El participacionismo es una forma degradada de la democracia, característica de la cultura nacida de la recentralización de Internet. Se plantea como alternativa frente a la plurarquía usando como argumento la inmediatez del proceso frente a la definición del demos -el quién puede participar- que queda ambiguo o dudoso.

El participacionismo como ideología

La característica esencial del participacionismo es que define unas reglas de votación -normalmente para la selección colectiva de contenidos- pero no un demos; una técnica, no un sujeto o una comunidad.

La clave sin embargo de los sistemas políticos está siempre en el quién decide, no cómo se organiza técnicamente la toma de decisión. Así, dejando que vote la gente, dejando un demos voluntariamente ambiguo, el resultado final legitima a una oligarquía participativa que presenta sus creaciones como agregado social, como expresión de «las ideas de la gente».

En un reciente artículo crítico con el gobierno de Ahora Madrid como agente de cambio, Emmanuel Rodríguez habla del participacionismo también:

…el participacionismo, tanto digital como físico, que se presenta como la joya de la corona del “cambio”, opera a partir de esa misma posición: la neutralidad de la institución frente a los intereses de la “gente”, que a través de los recursos y foros facilitados por el Ayuntamiento elegirá libremente lo que más le convenga. Poco puede sorprender que en su aplicación institucional concreta apenas veamos más que procesos participativos de escasa calidad y/o baja “participación”. En ocasiones, como en Plaza España, las consultas tienen un simple carácter pleibiscitario o aprobatorio. Y en otras, como en los presupuestos participativos de Madrid, se convierten en una suerte de carta a los Reyes Magos. En distritos o barrios en los que no existe un espacio comunitario y deliberativo real, grupos muy pequeños organizados pueden lograr que la administración financie instalaciones o proyectos ciertamente estrambóticos.

Echando un vistazo a las propuestas de mi barrio, compruebo que muchas se reducen a cambios superficiales (alguna zona verde concreta, la peatonalización de una calle, la puesta en funcionamiento de una pista de running), o son generales y poco definidas. Cuando aparece alguno más ambicioso (el carril bici en el distrito o la reforma del área del Paseo de la Dirección) pertenece al ámbito de operaciones ya en curso.

Durante la fase de admisión de propuestas pude observar que los ejemplos que el Ayuntamiento ponía en la publicidad que incluía en Facebook y otras redes sociales iban en esta línea (las imágenes que ilustran este post dan buena cuenta de ello).

Conozco varias propuestas que han sido rechazadas “por criterios técnicos” que incidían en asuntos de calado. Por ejemplo, la Asociación Vecinal Cuatro Caminos, que hizo varias propuestas, propuso la adquisición de un cine cerrado para impulsar un proyecto de economía local. También habilitar un local para niños de entre 6 y 12 años que, con distintos programas, ayudara a la conciliación familiar bajo las perspectivas de La ciudad de los niños de Tonucci. La asamblea de Vivienda del barrio propuso la rehabilitación de edificios públicos o en desuso como espacios de emergencia habitacional. El  Banco de Alimentos del 15M de Tetuán, grupo autogestionado con gran experiencia en la lucha contra la pobreza en el barrio, propuso adaptar un local de la Junta Municipal en un comedor social dirigido a personas sin recursos.

Todas estas propuestas han sido desechadas por criterios técnicos poco transparentes y que, a simple vista, se antojan un tanto aleatorios. Por ejemplo, se acepta otra propuesta que pide la adquisición de libros para las bibliotecas municipales del distrito cuando, lo sé bien, no se trata de una competencia de la Junta de Distrito. En realidad, la mayoría de las propuestas afectan a distintas instancias (varias a Urbanismo, por ejemplo), y recuerdo bien como en la fase piloto salieron propuestas para cuya puesta en práctica hay que instar a otros negociados.

Se da la circunstancia, además, de que las propuestas deben ir a nombre de una persona física, de manera que se diluye la referencia al foro donde se han debatido (en este caso la Asociación de Vecinos, la Asamblea de Vivienda del 15M y el Banco de Alimentos Autogestionado).

Es justo decir que se han hecho foros vecinales –los grupos motores- en los que se ha debatido presencialmente, aunque su incidencia en la enormidad de los distritos madrileños es anecdótica.

No se trata aquí de denostar la posibilidad –irrenunciable, diría- de tomar decisiones de manera colectiva y utilizando la red. Lo que reclamo es tratar de superar el modelo buzón de sugerencias y adhesión vaga ¿Por qué vaga? Porque la votación no está precedida de debate ni se hace un esfuerzo productivo para que se dé un aunténtico conocimiento de los contextos. La ciudadanía es, en este caso, un ente difuso y desagregado, votando sobre  párrafos desnutridos y propuestas filtradas.

En nuestra relación política cotidiana, creo, se trata de construir verdaderas redes densas entre personas. En la vertiente digital, no se puede ignorar la dificultad sociotécnica de imaginar herramientas que permitan desarrollar todas las fases de un proceso democrático (contextos, deliberación común y toma de decisiones, con una correlación de fuerzas realmente horizontal). Por eso esta arquitectura, tal cual, no sólo no nos sirve, sino que, en la medida que ha tomado auténtica centralidad discursiva, sirve de tapón.

En mi inbox: diario de fogonazos sobre el 15M

Entre algún momento de 2011 y algún momento de 2013 tomé la costumbre de enviarme de vez en cuando correos electrónicos a mí mismo con alguna idea, verso o párrafo que anotaba a propósito de diferentes vivencias que tenían que ver con mi relación con el 15M. Un pequeño diario. Creo que alguno se ha perdido y la sucesión de los que aquí están corresponden a una memoria muy fragmentada, que debería completarse con decenas de posts más estructurados que he ido dedicando al 15m en distintos sitios, el contexto en el que fueron escritos, y, sobre todo, con lo que no quedó negro sobre blanco: lo mejor, cuando no había tiempo de escribir estaban pasando cosas.

Este post tiene valor sobre todo para mí y ni como streptease sirve de fragmentario que es. Son fogonazos muy pegados al momento que nunca fueron escritos para ser publicados…pero aquí están.

Ya me ha pasado dos veces. Estando sentado en círculo, participando de la Asamblea Popular de Tetuán en la Plaza de las Palomas (que no tiene este letrero pero se llama así, como la de María Soledad Torres Acosta es la de Luna o la glorieta de Ruiz Jimenez es la de San Bernardo). Todos palmas al aire en nuevo símbolo de afirmación y nos niños que jugueteaban alrededor con una pelota se acercan “¡eso quiere decir sí! Y esto otro, cruzando los dos brazos, que no, decía otro niño. ¡que lo hemos visto en el cole! Razones para la esperanza.
26 de julio de 2011 en mi inbox

Vamos despacio porque vamos lejos. Aplausos. Palmas orgullosas al cielo y algún aplauso rebelde, mejor. Con frecuencia los signos más efusivos de aprobación son los que celebran al propio 15M ¿Es el sino de un movimiento que utiliza la visibilidad como arma y estandarte? ¿Es la autoafirmación del tallo que está aún echando raíces? O es quizá –no regalemos dardos al enemigo- síntoma de ensimismamiento.
Una cita carente de lenguaje inclusivo. “Bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía”. El Señor Lobo imponiendo mesura a los mafiosos.
27 de julio de 2011 en mi inbox

Muchas voces son las que desde las distintas izquierdas, de Manuel Delgado a Miquel Amorós (por ejemplo) acusan al 15M de reformista, ciudadanista, de ser un movimiento de clase media o incluso socialdemócrata ¿pero…? ¿Acaso existe algún otro lugar donde cobijarse?

Es la vieja paradoja militante, del ¿Cuánto peor mejor? al humanizar el páramo, y responde a una tensión absolutamente real, a una trampa trágica con la que la gente de buena fé se topa de bruces antes o después. Toda reforma que el establishment “concede” como asumible ayuda a legitimar “el sistema”, dejando –las más de las veces- intactas su raíces. No subirse a la ola supone, sin embargo, asumir que es necesario sacrificar generaciones (la tuya, la de tus coetáneos) a la espera de la ocasión histórica –la de la revolución- y conformarse con ir preparando esas “condiciones objetivas” con vanguardias revolucionarias.

¿Asumir que uno está en la vanguardia? Como Dalí. Tan reaccionario como Dalí. Cuando a uno se le presenta la paradoja del militante con sus mil caras y en sus infinitos contextos sólo le queda equivocarse lo menos posible, tratar de construir un mundo lo mejor posible a su alrededor…y adquirir un compromiso llevadero con la radicalidad, entendida en su mejor sentido-el original- de ir a la raíz de los problemas. Esto es, decir NO muchas más veces de las que permite una enmienda total, sin perder de vista la mata donde empiezan a brotar los problemas

¿Tengo que mencionar la palabra Capitalismo?
28 de julio en mi inbox

Decía Bobbio que ser de izquierdas es no aceptar la desigualdad como algo natural. O algo así. Y sí, ser de izquierdas, con todos los matices, aclaraciones y apelaciones que precise el término por oceánico y contradictorio. En realidad ser de izquierdas –como lo entiendo- tiene también que ver con no aceptar nada como algo natural, en escudriñarlo todo como cuestionable y aceptar que toda construcción humana –no hablo de acueductos ahora- es acuerdo. Consiste, por lo tanto, en tener una actitud científica ante la vida, desdeñando incluso como acientífico la actitud arrogante de la nueva VERDAD científica que pretendió instalar el arrogante siglo XX de relatos únicos. La diversidad nos lo complica, sí, no encaja en epopeyas históricas…pero la diversidad es el mundo.
2 de agosto de 2011 en mi inbox

Estamos indignados, no somos Los Indignados. Ellos también tratan de desactivarnos.
Primero trataron de ningunear al movimiento. Con la mayoría de los movimientos sociales funciona: simplemente no existen para los televidentes. Cuando la potencia del movimiento rompió los diques de la indiferencia trataron de desacreditarnos, es el siguiente punto del repertorio habitual. Los intentos de descrédito han sido variados según el matiz más o menos grotesco del medio de desinformación: han tratado de desactivar el alcance con condescendencia ( chavales bienintencionados pero…); han tratado de convertirlo en marginal (perroflautas); han apelado a la convivencia cívica (las plazas son de todos). Finalmente han vuelto todos juntos por la senda de una estrategia bien ensayada en la España de ETA (los violentos)
Dentro de este intento de desactivación del 15M por parte de la prensa opera un apelativo que ha calado ya con tal fuerza que parece que el movimiento pasará a la Historia así nombrado: indignados. Si bien es cierto que el panfleto de Hessel fue una de las referencias argumentales del movimiento desde un primer momento los acampados no se llamaron así nunca hasta que posteriormente el adjetivo se hizo parte inevitable de la atmósfera. Ahora sólo algunos han empezado a llamarse así mismo así.
Si el elemento central -resumido en aquello que les distingue y por tanto les nombra- es básicamente el cabreo, la política desaparece. El movimiento no propone, noconstruye, sólo patalea. No debemos ser “Los indignados” por más que lo estemos, ellos necesitan nombrar una realidad que no entienden para combatirla, y la nombran con una dialéctica de combate. Quieren desactivarnos.
15 de agosto de 2011 en mi inbox

Éramos zombies bronceados
Deambular, deambular, deambular.
El nauseabundo olor a carne muerta
Enmascarado, fino, ataviado
de pieles de manzana refulgentes,
de pátina rosada, hinchada a botox.

Éramos zombis en manada
Al galope indiferente de la luz,
Esa que se desvanece con pensarla

Deambular, deambular, deambular
Entre escaparates, altares y más zombies
Mirar al frente, nunca abajo
Nunca dentro, nunca extenso.

Éramos zombies bronceados
Instalados en el doppler. A la espera.
Éramos pellejos desprovistos
De las calles que habitamos sentirlas

Éramos zombis sin saberlo
Hinchados a prozac, tristeza y dudas,
Deambulando en búsqueda de puertas,
vórtices de piel, de rabia y plazas

26 de agosto de 2011 en mi inbox

Lo personal es político. Hace años tomé el viejo mantra del feminismo radical americano como lema vital. Mío.

“Somos personas que hemos venido libre y voluntariamente, después de la manifestación decidimos reunirnos para seguir reinvindicando la dignidad y la conciencia política y social”. Esta frase abría el manifiesto primero de la Acampada Sol. Y seguía “POR QUÉ ESTAMOS AQUÍ. Estamos aquí porque queremos una sociedad nueva que dé prioridad a la vida por encima de los intereses económicos y políticos. Abogamos por un cambio en la sociedad y la conciencia social”.

Ese personas, así, enmarcado en el resto de palabras, hablaba mucho de lo personal, de manera análoga a como se hablaba en los setenta. Hoy la batalla es un poco menos por el sexo, pero es también por llevar el ámbito de lo privado al centro de la política, hasta el punto de plantarlo, así, de sopetón, en las narices del mundo. Hemos plantado el hogar –la acampada- en el mismo sitio que el ágora; hemos situado la asamblea de niños dentro de la guardería; hemos disuelto la separación de esferas como modo de dominación. Hemos confundido los espacios de lo privado y lo público para remezclar la política. Lo personal es político.

20 de septiembre de 2011 en mi inbox

SÍ SE PUEDE
De nuevo en marcha y bien acompañados. Paseo del Prado arriba con
miles de caras familiares salpicando una marcha gigantesca. La primera
de una primavera que está por llegar (ya la anuncian los rayos
cálidos de febrero), la primera gran cita de un calendario
garabateado. Contra la reforma laboral.
Descolgando del discurso matices postmodernos, recordando que el
trabajo sigue siendo, más que le pese a nuestra formación merodeadora de
mundos nuevos, la puta atmósfera dentro de la que rueda nuestra vida. Hay
que comer.

Para la ocasión me he enfundado la camiseta verde, de la marea-verde
Sección-Universidad, que me toca muy de cerca porque es donde curro.
Podría haber llevado la amarilla (porque se están cargando también las
bibliotecas, y a eso es me dedico), la blanca, la azul, o cualquier otra,
porque en las tres cuartas partes de agua de mi cuerpo tienen, nadan
los agravios de todas las mareas multicolores que, blancas, negras,
violetas, han ido surgiendo saltarinas el último medio año.

Los temores están en la compañía. Los sindicatos ¿no forman ellos parte
del problema? pero ¿no son sus bases también alforjas de rabia de un
mismo camino a la batalla? Como nosotros. Va a ser una etapa nueva,
vamos a tener que reaprender a trabajar con otros, bajarnos los humos,
desensimismarnos, aprender a sorprender de nuevo. Nos lo recordarán
mañana mismo los niños desafiantes de Valencia.

La senda se lleva bien, pero al girar por Alcalá, que es donde ya se
avistan nuestros mitos, la gente se encara a la policía, que corta la
Gran Vía. Quieren –queremos- pasar, salir del cauce guionizado y volver a fluir
por la ciudad, tal y como aprendimos el pasado verano.

Mirar tus pies, hace un momento estaban a un lado de la línea y ahora
están – con sólo con un paso al frente- a este. Y levantar la cabeza y
caminar con aplomo. Es todo uno. Con los puños apretados y el lagrimal
latente. SÍ
SE PUEDE ¡Qué vitaminas para las entrañas!
27 de febrero de 2012 en mi inbox

El bibliotecario se asomó a la plaza.

821.134.2(82)-31″19″

Autor de lengua española del siglo XX. En idioma CDU, que es la
clasificación que se utiliza en las bibliotecas de medio mundo para
ordenar los libros. Pretende clasificar todo el saber universal,
articulando una gramática de clasificación infinita para poder
subdividir las grandes familias del conocimiento humano (Filosofía,
Matemáticas, Bellas artes y así) hasta el infinito. Tiene incluso un
número vacío, reservado –el 4- en previsión de disciplinas futuras.
Cabe todo: ordenado, secuencial, en dos dimensiones.

Al bibliotecario le sobrevino un ataque de risa histérica.
27 de febrero de 2012 en mi inbox

¿Dónde fue la dignidad en fuga?
que me dejó las tripas al aire,
las cuencas de azogue, el torax en vano
¿Dónde fue lo que insuflaba SER
en mi?
Que me dejó en pellejo
caminando hacia el trabajo,
la cama,

27 de junio de 2012 en mi inbox

Tuit expandido: Cuando Princesa se estrecha al paso de los mineros – venimos de teñir de colores republicanos el fascismo pétreo de la Plaza de Moncloa – el aire empieza a pesar entre nuestras cabezas, condensado de lágrimas, júbilo y rabia. Y sobre todo, nos movemos ¿Medios? Los menos, todos esperan la entrada festiva de los héroes en la Puerta del Sol.

En Sol ya no nos mordemos los labios, nos encontramos relajados, en casa. Y quietos. Después de ser conmoción la plaza de Sol empieza a estar absorbida por el espectáculo: es algarabía, grito (mudo)… Hace un año, cuando cerraron militarmente Sol, aprendimos que tomando el resto de la ciudad éramos más preocupantes, quizá ahora deberíamos empezar a pensar en dejar de conquistar símbolos y ocupar lugares críticos para el sistema ¿transportes? ¿centros de poder? ¿escaparates internacionales? Líneas estrechas en el mapa como nervios. Ya volveremos cuando nos lo ganemos.

11 de julio de 2012 en mi inbox

El candor es un valor en alza entre la gente que me importa. No así ahí fuera, por su puesto. Un candor bien entendido. No hablo de ingenuidad, sino del candor como actitud: la sencillez, la modestia expositiva. Y el brillo, el calor, los afectos y la fuerza. Como candil, como candente, como incandescente también.
Un día cualquiera en un parque me di cuenta, bajo la luz de las farolas, en conversación distendida después de una de las reuniones semanales para preparar acciones, coberturas, quimeras de minuto y asfalto…
Ese día me vino la palabra candor a la cabeza
Nunca se había significado en las primeras reuniones meses atrás: escuchaba, asentía, opinaba con brillo tímido en los ojos, con educación camaleónica para la atención. Los meses fueron acabando rápidamente con los oradores más ensimismados y carismáticos. Se gustaban. Hablaron tanto que debieron de quedarse sin nada que decir y simplemente dejaron de aparecer por la allí, algunos tras unas pocas semanas. Vuelvo con el pensamiento a la plaza, esa noche corría una brisa leve que erizaba nuestras sonrisas. Reconozco ese brillo, que de puro entusiasmo le acalora las mejillas, ha crecido, refulge, capta toda nuestra atención. Igual de sencillo, modesto y afectuoso. Igual de candoroso.
30 de julio de 2012 en mi inbox

“Derecho a la ciudad”. Lema para reivindicar el espacio común, pero también eslogan de urbanistas con gafas modernas cómplices de pelotazos inmobiliarios.
Bien común ¿Y tú me lo preguntas…? Cualquier cosa dicha con solemnidad en un texto político
Democracia. El gobierno del pueblo, sí, pero también puede ser esto. Y lo peor es que es ESTO.
¿La revolución? Interiores, exteriores, propiedades de un crecepelo ¡revolucionario!
A la izquierda puede encontrar usted el mimo del semejante, pero también figura en el cartelito que ELLOS – querámoslo o no – llevan colgando del cuello.
30 de julio de 2012 en mi inbox

Dejamos de ser margen para reconocernos
intersticio
espacio entre las moles ínmoviles
que aplastan
grieta entre los cuerpos fofos, repelentes
tiempo fuera de la Historia
entre otros tiempos
y si dejamos de ser ya era bastante
5 de diciembre de 2012

Nos hartamos de decir que somos horizontales. Aquí no hay líderes,
somos un enjambre, y todas esas consignas. Viendo a Ada Colau en el
parlamento he caído, sin embargo, en algo: no hay poder pero sí hay
autoridad. La autoridad es algo que te conceden los demás. Me paro a
recordar y puedo reconocer momentos de inspiración de muchos
compañeros y compañeras en mis recuerdos. Momentos de escucha
entusiasta frente a momentos entusiasmados en medio de una
conversación. Admiración y autoridad: sentido arriba y sentido abajo.

Si se me permite decirlo, yo mismo he sentido en momentos puntuales
esa mirada entusiasta de los compañeros revistiéndome de autoridad.
Quizá en eso reside el significado de esa palabra que tanto se repite
en el 15M: empoderamiento. Paradójicamente, no sería tanto dar poder –
ya quedamos en que aquí no hay de eso – como animarnos a sacar lo
mejor de nosotros mismos y gozar de esa manera – todos – de momentos
de reconocimiento (y autoridad) entre pares.
15 de febrero de 2013

Desborda la convocatoria, desborda la mani, desborda el concepto.
Desbordar ha sido durante algunas fechas LA PALABRA. Yo imagino más un
desparrame, qué queréis que os diga. Extenderse por los recovecos en
lugar de irrumpir como una ola. Calar en tierra seca, ocupar grietas.
No volver al cauce. Y que sea una desparrame.
15 de febrero de 2013

El tono sentenciador, la razón autootorgada y mirar luego al infinito con la barbilla tensa; el gesto adusto, el mira –joven- que viene del mire usted –viejo- ; la superioridad moral; el no entender la ironía; la pausa condescendiente; la colección de estampitas sentimentales por delante de uno; la cosificación de las ideas y las gentes que fueron esas estampitas; el querer en nombre de una idea de grupo…

El tono festivo ; el llevar la ironía a categoría de superioridad moral aplastante. O aplastadora; la misma superioridad moral disfrazada de cuestionamientos; la imposición de una estética y una cultura: un hablar, una música, unos autores (siempre los mismo, siempre tres); que no es tu código y es EL código; el eufemismo semioculto; sobre todo el hacer panda, excluirte mientras se enuncia el palabro inclusividad . El molar todo

Es todo bastante desazonador y nos recuerda que siempre hay gilipollas.
27 de agosto de 2013

Una mañana, los bebés de Mohamed
desahuciados del futuro
otra mañana,

Demasiadas mañanas me disuelvo
Suspendido en el vacío
Sujeto boca arriba por jirones
De los días
Demasiadas mañanas tengo miedo
Y ando hacia delante, hacia la bocacalle
Manteniéndome a penas en pie
Sujeto sobre las piernas
Gracias a una fuerza que tira
Hacia arriba
Que anida en la cabeza y duele
Demasiadas mañanas me tambaleo
3 de octubre de 2013

El libro de los paseos de Jane, el libro de nuestros paseos en común

 

jane

Ya está en librerías, ya está también en mis manos el libro El paseo de Jane. Tejiendo redes a pie de calle. Huele muy bien aún, el papel, el formato, el diseño de la edición…es un objeto bonito, a lo que ayudan, claro, las ilustraciones de Imprevistos.

Es una experiencia colectiva, igual que los propios paseos, se ha concebido desde el primer día de manera conversacional (y asamblearia). Andando. Al igual que en los propios paseos ha habido un par de personas de referencia, las coordinadoras y editoras, Susana Jiménez Carmona y Ana Useros. La editorial, Modernito Books, se dedica a editar primores ilustrados. A la vista (y el tacto) está.

Escribo un capitulito sobre el paseo que hicimos hace dos años en Tetuán (fueron dos, fueron intensos y fueron comida y debate. Todo un fin de semana de tejer redes a pie de calle). Lo escribo yo en primera persona pero es colectivo.

Me hace mucha, pero que mucha ilusión.

Por aquí sobre El Paseo de Jane en Madrid
…y por aquí sobre el libro

Pasear contigo la ciudad de la abundancia

Frente a las viviendas obreras de la calle Tenerife en el Paseo de Jane de 2014

Frente a las viviendas obreras de la calle Tenerife en el Paseo de Jane de 2014

Algunas mañanas, antes de ir a trabajar, deambulo por la ciudad. Algunas veces, hago parada en estaciones de metro en la línea que media entre mi casa y la estación de Atocha y exploro el territorio sin mapas. Otras, aprovecho desplazamientos que tengo que hacer por diversas causas para lo mismo. Las primeras veces me gusta, simplemente, pasear. Si vuelvo sobre el terreno busco puntos reseñables, miro mapas, y me documento sobre la historia del lugar. Voy haciendo fotos con el móvil al paso.

 Se podría decir que me busco a mí en estos paseos. Me sirve para pensar y pensarme en relación con la ciudad, que es lo mismo que situarme en relación con el espacio socialmente producido: con sus dinámicas de poder y de clase, con sus avatares históricos. En medio de un diálogo bullicioso, preñado lo mismo de pasado que de futuro, que crece en matices y sugerencias con la fertilidad de la calle. Con su abundancia.

 Inmersos en un mundo regido por las leyes económicas de la escasez, me gusta entrar en contacto con imágenes complejas, solapadas, matizadas… Existen algunas realidades materiales que me conectan sensorialmente con la abundancia. Espacios físicos que, a través de la posibilidad de tocar y mirar, consiguen integrarme en un ambiente poroso y diverso.

 ¿Han sentido la misma fascinación que yo en una mercería o en una ferretería? Sienten esa irresistible invitación a la aventura ante el escaparate de una buena tienda de coloniales? La biblioteca, o algunos museos, se abren a los sentidos como espacios donde rige la Ley de la Abundancia, cuyo suelo abonado puede hacer germinar raíces y enredaderas de trayectoria impredecible. Espacios cerrados donde entra siempre la luz.

 Una biblioteca pública es ciudad tal y como venimos invocando en estos textos, es territorio para lo imprevisible y la sociabilidad. Una biblioteca pública, al contrario que otras, institucionales, universitarias o eruditas, es una posta más en el barrio. Formará, potencialmente, antes parte de comunidades cruzadas en el espacio que de la SOCIEDAD. Entre las páginas de los libros siempre hay marcapáginas abandonados, anotaciones en los márgenes y viejas fotografías, que no son sino el rastro perdido de la vida que sucede entre el chistar del bibliotecario y la calle, sus salas.

 Una biblioteca está compuesta por encrucijadas que distribuyen azarosamente trayectos que se anudan y desanudan entre sí: serendipia, intertextualidad y conocimiento. Diversidad sedimentada y maleable.

 Paradójicamente, y como acontece también con algunos museos o las librerías de viejo más abigarradas, su riqueza debe tanto a la acumulación como al orden. El catálogo, que es una selección (aparente fuente de escasez), no sería sino un mapa de puertas y encrucijadas. Luego, el mar por delante.

 A lo largo de la Historia, y desde que en ella es central el ecosistema de la ciudad, ha sido frecuente andar como estrategia de búsqueda de conocimiento personal y externo. Podríamos pensar, en realidad, que la existencia de una calle diversa ( calle escasa es oxímoron)  empuja a deambular. Más que un método analítico, el paseo crítico sería una necesidad vital.

 Cuando Walter Benjamin rescata la figura de Bodeleire, o de El hombre de la multitud de Poe, para traer a primer término al flâneur (paseante,callejero) como científico urbano, quizá sólo hace  lo único posible en un ambiente de ciudad diversa. Cuando los situacionistas diseñan sus derivas o el escritor Ian Sinclair se abraza, tras de ellos, a la psicogeografía para hacer literatura con los adoquines de su barrio (Hackney, en Londres), quizá es la ciudad imprevista y dotada de vida la que les está obligando a ello. Cuando Baroja merodea por los arrabales madrileños, los Cuatro Caminos o los barrios adosados a las tapias de los cementerios, quizá son  los caminos de entrada de mercancías o la elasticidad de la nueva ciudad capitalista los que le convierten en ese merodeador.

 Tiene, sin embargo, un peligro la perspectiva de la flânerie, que transita de la etnografía a la entomología, de la otredad a la pertenencia. El peligro de juzgar además de comprender. Peligro éste que  mantiene en un difícil equilibrio numerosas actividades de urbanismo crítico –de las que yo mismo participo en ocasiones- que basan sus metodologías en mapear y organizar paseos observantes. El peligro de no saber evitar  la mirada condescendiente y colonizadora, que es también el peligro de no poder ser parte de la calle diversa y abundante.

 Antes de haber leído textos que intelectualizan el deambular por la ciudad llevaba haciéndolo una vida. Es algo que aprendí de mi padre. A él se le puede ver caminando por las calles, muy atento. Es un poco como uno de esos capitanes de la calle a los que la gente conoce y siempre saluda afectuosamente. De él heredé la costumbre de pasear concienzudamente, aunque no su magnífico sentido de la orientación. Yo nunca encuentro el camino: vivo en una eterna amnesia espacial, desesperante para los trayectos funcionales de la vida pero apropiada para caminar sin meta ni reloj.

 Sólo cuando te has perdido un buen número de veces por las calles puedes empezar a apreciar los distintos estratos de profundidad que encierran. Una vez te has despreocupado de la línea que dibuja la acera empiezas a asomar la cabeza a los portales para ver los patios interiores. A subir el cuello para apreciar los sotabancos y los objetos atesorados en los balcones. Las ciudades tienen marcas sociales. Recientemente, mi hija se sentó en el alfeizar de un bajo, en una pequeña calle de Tetuán, y reparé en una marca, tenue, de  tiza, que significaba que ese piso estaba ya okupado. Las marcas sociales tienen que ver también con los ritos cotidianos de los vecinos, la música que escapa por las ventanas o gente esperando en las esquinas.

 El otro día, en un callejón poco transitado, me entretuve leyendo las firmas desvaídas de un muro de ladrillo. Encima, sobre el lienzo que la abrasión ha ido dejando libre, nuevas palabras. Debajo, los restos de un Muelle, aquella firma pionera del Madrid de los ochenta. Cerca, muy cerca, subsisten unos locales de ensayo donde Juan Carlos Argüello, el chico de Aluche al final del brazo que firmaba Muelle, se empleaba en las baquetas. Entre un lugar y otro, los viejos muros  de un par de casas bajas. En una de ellas, según pude rastrear en la hemeroteca, se alojó un anarquista buscado por la policía en los años treinta. Historias que se cruzan en el tiempo y que dejan señales en la calle como manchas de sexo en el colchón. Sedimento que, como en la biblioteca pública, conecta intertextos y nos pone en relación con lo que el espacio tiene de producción social.

 Durante el año 2014 participé en una interesante experiencia a lomos de las suelas. A través de un amigo, se me convocó para participar en la organización del Paseo de Jane en mi barrio (Tetuán, en Madrid). Estos paseos  comenzaron a realizarse en Toronto tras la muerte de la famosa urbanista Jane Jacobs (Muerte y vida de las grandes ciudades) en 2006 y se han extendido por todo el planeta como forma de reivindicación del espacio urbano. Suelen organizarse en torno al 5 de mayo, cumpleaños de la urbanista canadiense.

 Yo conocía estos paseos y debo reconocer que me parecían ejercicios un tanto inanes: echar un rato, lamentarse juntos de ciertos problemas del barrio e irse de cañas. Pero no. Lo que yo no sabía es que, al menos como se vienen organizando en Madrid, el trabajo comienza seis meses antes, durante los cuales se pasean esas calles muchas veces, se debate, se habla con los vecinos, se invita a participar a las distintas organizaciones que trabajan sobre el territorio…

 Todo un ejercicio colectivo de reflexión y praxis que me hizo darme cuenta de la distancia que media entre  la construcción personal del deambular y la construcción comunitaria de pasear juntos. Por fuerza, la primera de las prácticas nos ayudará a situarnos a nosotros en cuanto que individuos, mientras que la segunda, más allá de situarnos en colectivo, nos regala además una herramienta de transformación y un nexo comunitario. Una forma de sacar de oído la melodía con los ecos que nos devuelven las oquedades en la ciudad de la abundancia.

Smart City: en la cadena de las utopías urbanas incumplidas

La alcaldesa sonríe, dice unas palabras –evita decir nombres propios, podrían ser las palabras de ayer o de mañana-, elogia el Madrid del futuro que ya es una realidad. A su derecha está el rector de la universidad pública que acoge el acto. A su izquierda, la persona que representa uno de los logotipos que adornan los faldones de la mesa. Una teleco.

Madrid Smart City. La estampa fueron muchas hace pocos meses y serán muchas otras, quizá con nuevos nombres. La ciudad inteligente está ya un poco gastada como concepto-paquete. Otros vendrán, también con el oropel tecnológico.

Lo urbano ha pasado en pocos años por las categorías absolutas de sostenible –una vez se había rebasado el límite de lo presentable en lo desarrollista-, creativas, resilientes…En todos estos modelos de ciudad términos inequívocamente positivos la renombran para hacer de la urbe un producto vendible en el llamado mercado de las ciudades globales.

La smart sity es una nueva versión de utopía urbana, en la que la tecnología dota de efectividad completa a la ciudad. El manejo de datos en tiempo real, la automatización de procesos y las nuevas tecnologías se alían para inocular de inteligencia las baldosas que pisamos.

A partir de la Ilustración las utopías adquieren forma de ciudades en el futuro (antes las ciudades ideales se pensaban hacia el pasado). En el fondo, toda proyección de la ciudad es un pedazo de utopía: las asépticas maquetas en 3D creadas con Autocad y gran parte del urbanismo contemporáneo. Desde las periferias arboladas del anarquista Reclús hasta las diversas formas de Ciudad Jardín del siglo XX . Siempre, en toda Utopía urbana, subyace un poco la lucha eterna entre las Ciudades Babilonia y las Ciudades de Dios, entre las imágenes del orden y la constatación de la ciudad real.

La tecnología ha venido jugando durante todo el siglo XX un papel central en la gramática de las utopías urbanas. Probablemente, el cambio tecnológico que más ha condicionado la forma de nuestras ciudades sea el automóvil. Otros adelantos también han propiciado cambios de forma menos evidentes que el coche, pero con efectos casi tan radicales. Antes del ascensor, por ejemplo, la segregación social se producía en el interior de los edificios (en los últimos pisos del Barrio de Salamanca vivía gente de clase social inferior a los primeros). Tampoco hubieran sido posibles sin el ascensor los rascacielos que tan bien simbolizaron en el siglo XX la utopía de la modernidad –el perfil de Nueva York visto por un emigrante desde el barco- o el barrio con bloques de trece pisos en el que crecí.

La ciudad del automóvil llegó también, como hoy los sensores de las smart cities, con un gran aparato promocional y científico alrededor. Tuvo como escenario motor la Ciudad Futurama de la Feria Mundial de Nueva York (1939), y como aliado a General Motors. Hoy, las Telecos patrocinan los eventos sobre la smart city, favoreciendo un discurso que necesita de ancho de banda y cableado. Los Ayuntamientos, ávidos de frontispicios promocionales, colaboran con la coartada, que sirve como vehículo de extracción de rentas públicas.

Por otro lado, encontramos pululando alrededor del discurso, grupos de hackers y urbanistas críticos que, armados de placas de Arduino y repertorios teóricos comunitaristas, prototipan demos de una ciudad hiperconectada desde el paradigma horizontal y no necesariamente comercial. Sus experiencias son muy valiosas, si bien, como señala David Harvey En Rebel Cities cuando habla de comunes urbanos, a menudo su capital simbólico es desposeído por el capital. Así, vemos con cada vez más frecuencia, hackatones o fablabs impulsados por firmas multinacionales.

Desde una perspectiva crítica, se ha venido señalando que la conectividad y la transparencia de datos necesarios para hacer de la ciudad una red de nodos conectados acarrean un gran peligro por el control que supone. Las sensaciones de uno son movedizas. De un lado, es innegable que el peligro de zambullirnos definitivamente en una sociedad de control está muy presente, de otro, a la vista de los adelantos que hoy nos presentan como revolucionarios –saber cuánto queda para que llegue el autobús, la optimización del alumbrado público, y cosas por el estilo- la smart city se asemeja demasiado a un conjunto de artefactos pirotécnicos que nos hacen recordar los prototipos que llenaron las revistas de décadas pasadas con promesas incumplidas : ciudades con tráfico aéreo o casas completamente robotizadas, en aquellos ochentas de la domótica. Uno no puede evitar pensar que se trata de adelantos que, aportando indudables ventajas, distan mucho de cambiar la vida de la gente en las ciudades como lo pudieron hacer otros avances técnicos en su momento: la traída de agua corriente, los sucesivos tipos de alumbrado público, la aparición del coche (o el ascensor), o el hecho mismo de la conectividad ubicua a través de internet.

Pero, si es cierto que lo que se pueda hacer se hará, en un escenario securitario como el actual, en el que la guerra irregular se ha trasladado al interior de las ciudades, debemos estar preparados para afrontar críticamente el paradigma smart city.

La inteligencia militar, desde el 11-S, considera que el contexto actual exige de una contrainsurgencia presente en los espacios cotidianos de la ciudad, ya que el peligro puede aparecer en cualquier sitio. Para ello, lo que se ha venido conociendo como Nuevo Urbanismo Militar trabaja en la omnipresencia tecnológica y en el estudio de perfiles de la población para anticipar al potencial terrorista. Esto se extiende con más rapidez al extranjero, al heterodoxo, al anarquista…

Las tecnologías utilizadas en nuestro primer mundo se han ensayado antes en las zonas en conflicto o del tercer mundo. Los vehículos no tripulados que patrullaron la franja de Gaza hoy operan en Estados Unidos; la construcción de zonas de seguridad en Israel se utiliza ya en las zonas financieras de las ciudades globales. Por otro lado, las mismas empresas que venden tecnología en estas zonas son las que las explotan comercialmente sus dispositivos adaptados a nuestras ciudades, y quienes se hicieron con las contratas para la reconstrucción de Bagdad hicieron lo propio con la devastada Nueva Orleans. No es un fenómeno nuevo. En el siglo XIX las potencias coloniales empezaron a usar la recolección de huellas digitales y a construir allí prisiones panópticas antes que en la metrópoli. Uno de los ejemplos clásicos de urbanismo para controlar a las clases populares, la reforma de París de Haussman, se inspiró en la que previamente había hecho su compatriota Bugeaud en Argelia en la década de 1840, destruyendo barrios enteros.

La experiencia del control ciudadano en la ciudad proviene, sin embargo, antes de pulsiones ideológicas que de la tecnología, que no es más que un instrumento. Las redadas racistas que, de forma aleatoria e indiscriminada se hacen en nuestros metros y calles, son un buen ejemplo de dispositivo de control ajeno a la tecnología y eficaz a efectos de parálisis y temor de un sector de la población.

El control es inherente al Estado, y las políticas públicas que usan de avances técnicos, a menudo, han hecho convivir la mejora de la calidad de vida en las ciudades con la introducción de mecanismos de control. Un ejemplo de ello podía ser el alumbrado público, que es inseparable de la necesidad de control de las calles. Con el alumbrado llegaron también los cuerpos de faroleros, que se hibridan con los populares serenos a partir del siglo XVIII. El añorado sereno, lejos de constituir siempre un servicio de proximidad neutro, fue también, en muchos momentos, el que arrancaba los pasquines políticos, denunciaba a los viandantes nocturnos o perseguía a las parejas en los portales, todavía en el Franquismo.

De los serenos a hoy todo igual. Las cámaras que sirven para la gestión de las Zonas de Prioridad Residencial de las ciudades (áreas semipeatonales en las que sólo los vecinos pueden entrar con los coches) pueden servir para algo más que discernir qué matrículas pertenecen a coches de vecinos. Sin ir más lejos, el delegado del Área de Gobierno de Medio Ambiente y Movilidad del Ayuntamiento de Madrid declaró en 2013 que podrían servir bien al efecto de perseguir a los graffiteros.

Si ha sido así en el pasado ¿qué nos hace pensar que los datos que hoy generamos gratuitamente no se convertirán en correajes formados por miradas algorítmicas?

Al margen de los peligros y el alcance real de la ciudad tecnificada, sea la smart City o sea el próximo nombre promocional, cabe reflexionar acerca de cuánto ha cambiado la ciudad en las últimas décadas en relación con los impulsos de las Nuevas Tecnologías.

Durante los 80 y parte de los 90 surgió la idea en el debate académico de que el nuevo espacio inmaterial llamado ciberespacio posibilitaría un espacio reticular, formado por nodos, sin un centro. La Metápolis, Telépolis, o Ciudad Postmoderna sería difusa. La red y las Nuevas tecnologías matarían a la ciudad tal y como la habíamos conocido.

Pero no. La promesa del teletrabajo masivo no se ha llegado a materializar y el comercio electrónico, aún con el crecimiento sostenido después de la burbuja puntocom, no ha roto la estructura del comercio físico. Probablemente, la concentración comercial en malls (unida a las conurbaciones urbanas) ha condicionado más la estructura comercial. Además, esta pequeña utopía tecnodeterminista no atendía a la ciudad como un lugar de ocio, vida y consumo cultural, además de como lugar de producción y consumo.

Algo parecido había sucedido ya con la llegada del teléfono, que también llevó a predecir la descentralización urbana. Sin embargo, aunque el teléfono ayudó a dispersar ciertas actividades, también centralizó otras administrativas en el centro de la ciudad. Hoy, las ciudades globales también reúnen un gran número de funciones centrales del capitalismo global.

Y tampoco la sempiterna promesa de replicar el modelo Sillycon Valley, tan sobado en programas electorales y argumentarios municipales, ha dado lugar a lo que algunos supusieron un impulso para la ciudad fuera de su centro. Los Parques Tecnológicos son entes aislados del tejido social, más parecidos a los viejos polígonos industriales que a portadores de una nueva ciudad, emparentados con esos núcleos comerciales a orillas de un PAU donde uno encuentra un Ikea, un McDonalds y un Toysrus. Fachadas de cristal con malos comedores laborales.

Año 1893, el arquitecto Alberto de Palacio y Elissague gana el primer premio en la Exposición Universal de Chicago con un proyecto de monumento faraónico similar a la Torre Eiffel (también fruto de otra exposición universal, que es el epicentro de la modernidad de la época). Se trata de una gran esfera metálica de 200 metros de diámetro, colocada sobre un pedestal de 100 metros de altura. Posteriormente, se quiso colocar en El Retiro, en Madrid, aunque finalmente quedó en proyecto nonato. Un coloso de la modernidad y la universalidad de un Madrid que quiso soñarse también bajo un paradigma utópico, ajeno a la realidad de aquella urbe desestructurada.

Año 2009, la entidad Caja de Madrid regala a la ciudad un obelisco diseñado por el arquitecto Santiago Calatrava, que se coloca en Plaza de Castilla. Un falo retorcido y dorado de 93 metros de alto con un sistema hidráulico que mueve 500 barras de bronce, provocando que parezca que el gigante espigado se mece por el viento. Otro pretendido símbolo de la modernidad megalómano que no llegó a ser (el mecanismo es carísimo y nunca se enciende) y que, en realidad, ejemplifica el detritus de una ciudad movida por la especulación inmobiliaria. Una ciudad que no es otra que la misma que se pretende Smart City.

Año 2015, los canapés del catering del grupo Arturo reúnen a los asistentes a las jornadas sobre smart city. O como se llame hoy. La alcaldesa se marchó discretamente después de la presentación. Un grupo de hackers se reúne en Río de Janeiro para imaginar usos ciudadanos de los drones. Ambos grupos de individuos son, en cierto modo, portadores de utopías tecnófilas. Los primeros quizá quieran, en algún momento, comprar el capital simbólico y económico del segundo grupo. Pero probablemente, el mayor cambio que estos hackers pueden inseminar en la ciudad tiene que ver más con su forma de colaborar que con el fruto circunstancial de sus experimentos.

eltransitotxt: dando cuentas de un experimento comunicativo

Desde hace algo menos de un mes vengo desarrollando un experimento comunicativo (empecé el pasado 27 de octubre). El programa de mensajería instantánea Telegram provee desde hace algún tiempo la opción de crear Canales, que no son otra cosa que listas de distribución de información a las que la gente se puede suscribir. Son unidireccionales: hay un emisor y tantos receptores como personas se apunten.

Últimamente, varios políticos lo han empezado a usar como canal de información y un viejo amigo y colaborador,  Arturo, me propuso “¿Por qué no te creas un canal para tus textos?” En un primer momento la idea no me sedujo nada: hablábamos de un canal cerrado y de una estructura vertical de información.

Sin embargo, la idea quedo borboteando en mi cabeza y, poco a poco, empezó a parecerme bonito colarme, como un gato merodeador, en la cotidianidad de la gente a través de su móvil y, precisamente, en el cuarto –la mensajería instantánea- que se está convirtiendo en una casita que llevamos a cuestas todo el día, como aquellos trabajadores italianos que emigraban a la Argentina a principios del XX.

Para no resultar invasivo y hacerlo sostenible me propuse mandar un textito corto cada día, de lunes a viernes (luego me permití la licencia de fallar cuando no tuviera nada interesante que decir). Primero lo testé con un número limitado de amigos, y  la segunda semana decidí mandar una invitación educada a las personas de mi agenda de teléfono que utilizan Telegram. Días después, incluso, lo promocioné discretamente en mis cuentas de Facebook y Twitter.

Con los días, y testando la usabilidad del invento con el propio Arturo, fui introduciendo algunas novedades. Al principio me obsesionaba que sólo llegara una notificación, pero el chat no está hecho para formatear texto y la pequeña resolución de la pantalla hace que, aunque los mensajes sean cortos, aquello pareciera un ladrillo, de manera que ahora los mando divididos en dos o tres bloques. También decidimos introducir un “Tiempo estimado de lectura” junto al título, que oscila entre los 40 segundos y el minuto.

En cuanto a la temática, no me marqué ninguna línea editorial. Soy yo en corto. La máxima es que iba a estar hablando sobre todo para “mi agenda”, de manera que desde el principio tuve claro que los textos se mezclarían con mi vida y no escatimarían en los excesos que me apeteciera incluir. Al fin y al cabo, de momento, sólo llega a una veintena de personas, casi todos conocidos.

Los límites que el invento tenía desde el principio no han desaparecido, me gustaría mucho poder continuar el experimento en una plataforma abierta basada en XMPP (por ejemplo). O a través de algún desarrollo hecho en GNUSocial. Además, Telegram es un programa extendido pero no es Whatsapp, de manera que mi madre no va a leer nunca eltransitotxt. Sin embargo, a día de hoy, mi estrategia de gato merodeador llamando a la ventana  no podría haberla llevado a cabo de otra forma.

El otro límite evidente es la falta de feedback, la sensación de estar hablando sólo. Algunos mensajes privados que me han llegado al respecto han conseguido dibujar en mi cara una sonrisa de oreja a oreja, pero hay que admitir que se trata de un problema.

Esta semana el proyecto ha dado un pasito más, que en nada potencia el experimento en sí mismo, pero que lo hace volar hacia otra dimensión y, de paso, me ayuda a cumplir un viejo sueño. A partir de ahora los mini posts va a estar disponibles en un blog de la sección Voces Amigas de la página del difunto Javier Ortiz. Esta página reúne a algunas personas que me son muy queridas y mantiene la llama de un periodista que fue muy importante en mi formación personal.

En fin, seguiré dando cuentas por aquí de las evoluciones de mi experimento.

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El miedo, la seguridad y el orden en el parque infantil

plaza-del-poeta-leopoldo-de-luis_749922Hubo una temporada este año, durante varios meses, en que no había noche en la que un helicóptero de la policía no pasara por encima de mi ventana. Durante toda la noche. Pude recabar información acerca de como esto ocurría en muchos otros barrios de Madrid. La conversación con un policía me corroboró algo que cualquiera puede intuir: en el caso de que se estuviera buscando a alguien, el uso de un helicóptero no es eficaz en un periodo de tiempo tan dilatado. Sin embargo, el uso de los helicópteros policiales como elemento disuasorio es bien conocido (como sabe cualquiera que haya ido a una manifestación) y, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, juraría que ese TA TA TA sobre nuestras cabezas se vio incrementado durante las fechas cercanas a las elecciones municipales, con lo que cabe sospechar que se estuviera tratando de inducir sensación de inseguridad y miedo, que beneficia –por definición- al voto más conservador.

Esta interpretación mía era un poco temeraria a la vista de la poca información con la que contaba. Ninguna información. De hecho, recuerdo que si algo me sorprendía es que ningún medio local hiciera mención al tema ni intentara averiguar el motivo de aquel zumbido constante, que se acostó con nosotros durante meses, a pesar de que, según informaciones, una hora de vuelo del helicóptero cuesta 2.200 euros entre combustible y personal.

Mucho tiempo antes de que los atentados de París nos hayan arrastrado a la actual situación de miedo y paranoia securitaria, nos hemos ido acostumbrando a la presencia de policías militarizados como nunca antes habíamos visto en Madrid. Con armamento pesado y trajes propios de Robocop, se les puede ver permanentemente en la Puerta del Sol, en estaciones de tren y otros lugares centrales de la ciudad. Y aquí nadie se pregunta nada. La cosa se ha normalizado ya de tal forma que los más disparatados mensajes de Whatsapp se convierten automáticamente en advertencias verosímiles.

El tema del control y el miedo es central en el transcurrir de eso que llamamos pomposamente sociedades avanzadas (como lo fue antes, no nos engañemos). Lo pensaba hace poco sentado en el banco de un parque infantil, que es un lugar donde reflexionamos y salimos del pensamiento sobresaltados, a menudo, quienes tenemos hijos.

La relación con las fuerzas del orden y con el mismo concepto de seguridad es distinto según zonas y clases. Se trata de algo que se interioriza desde la infancia y pensaba, ese día, que cabe pensarla desde el parque infantil, espacio acotado por defecto. Los parques para niños son siempre, en cualquier barrio con un mínimo de presencia de la municipalidad, corrales de colores. Pero lo que rodea al mobiliario cambia. Trazaba en mi cabeza diferencias y relaciones sobre dos parques que conozco, buscando pistas, siendo consciente de que la reflexión podría enriquecerse en el tránsito de muchos otros espacios.

bancos

En el Parque de la Villa de París, llamado popularmente de las Salesas (pues está donde en tiempos estuvo el jardín del convento así conocido) todo es quietud y calma. En la Plaza del Pintor Leopoldo de Luis, en el distrito de Tetuán, hay movimiento y algarabía. El primero está en una cara zona céntrica de Madrid, a espaldas de la Plaza de Colón y rodeado de viviendas reconociblemente burguesas, con sus balconadas acristaladas y portales enormes para el paso de carruajes. El segundo se encuentra en una encrucijada de calles que se ha conocido como El Pequeño Caribe, detrás de la calle Bravo Murillo, y es muy frecuentado por la comunidad dominicana.

Ambos parques comparten el tener un parking subterráneo debajo, con protuberancias que sirven de acceso y como respiraderos. La lucha de los vecinos evitó, en los setenta, la destrucción de parte de la arboleda histórica de las Salesas (a pesar de lo prometido por el Ayuntamiento de la época, gran parte se echó a perder). Recientemente, las imágenes de vecinos movilizándose por la conservación de los árboles se han vuelto a repetir con motivo de la reforma de la Audiencia Nacional.

El aparcamiento subterráneo de la Plaza del Poeta Leopoldo de Luis es, en cambio, el parque. O el parque es su tapa, mejor dicho. La plaza surgió en el espacio resultante de los derribos de una vieja corrala y otras casas. El Ayuntamiento encargó urbanizarlo a la empresa que iba a construir el aparcamiento y el resultado es un espacio lleno de desniveles y moles graníticos, que pertenecen a la estructura exterior del parking. Urbanismo de sobrantes, que consiste en adecuar para lo común aquellos espacios residuales de la actividad privada.

En las Salesas no todo el mundo es blanco. Abundan las personas de procedencia sudamericana y, sobre todo, filipino. Las personas-mujer que trabajan en el servicio quiero decir. En este parque, incluso un domingo por la tarde, uno puede ver mujeres con uniformes de sirvienta cuidando de los niños y niñas del parque infantil.

Las Salesas está permanentemente rodeado de policía : el frente monumental del Tribunal Supremo cierra el parque. A un lado encontramos también la Audiencia Nacional, y otros  tribunales circundan la zona, razón por la cual el barrio donde está se nombra de Justicia. Hay policías y guardias civiles apostados por todos lados. Por esta misma razón, apenas hay un par de papeleras en el mismo (precisamente en las zonas infantiles).

Al Oeste de Bravo Murillo la presencia de la policía es constante y son los vecinos migrantes, o de origen migrante (pues en este barrio hay ya muchos que son nacidos en España o han obtenido la nacionalidad), los principales receptores de la sospecha policial. Se producen redadas racistas y “visitas” a grupos de chavales en la, ya de por sí sospechosa, actitud de ser un grupo y estar parados en la calle.

Existen en Madrid dos modelos de banco pensados desde el urbanismo defensivo, hechos con el propósito de que ningún sin techo pueda tumbarse sobre ellos: los individuales y los que interponen pasamanos metálicos a la altura del espinazo de quien quisiera yacer en ellos. En el Parque de la Villa de París todos –absolutamente todos los asientos- pertenecen a estos dos modelos, también los que están dentro de las zonas infantiles. En el Leopoldo de Luis esto no sucede, los bancos son bancos y lo que no también, pues los numerosos salientes del aparcamiento también sirven a tales efectos. Hay una relación entre gente y metros cuadrados sensiblemente mayor.

En el Parque de la Villa de París los niños juegan dentro de las zonas infantiles y los adultos hacen sus cosas de adulto fuera de las áreas infantiles, desde pasear al perro a jugar a la petanca con pose de quien hace picnics con copas de cristal. En la Plaza del Poeta Leopoldo de Luis los críos en seguida hacen pandilla, en la que se mezclan niños de edades muy diversas, y todos se mueven por los distintos espacios de la plaza: los muretes, los parques pensados para niños de distintas edades, la zona de gimnasia para  mayores…Van y vienen a ver a sus adultos, que juegan al ajedrez o charlan. Allí todo el mundo profesa una rotunda indisciplina ante los espacios delimitados por el urbanismo, propio de quienes viven la calle en vez de visitarla (es, de hecho, así en esta zona: un paseo una noche de verano por las calles aledañas nos trasladarán a la cultura de rellanos de nuestros veraneos juveniles).

Nos encontramos con dos espacios que están en barrios de distintas características socioeconómicas y espaciales. Ninguno pertenece, sin embargo, a los extremos del espectro, hay barrios más pijos que Salesas y muchos barrios más deprimidos que la trasera de Bravo Murillo. A pesar de esto, la diferencia que encontramos en su relación con la seguridad a tan temprana edad se adivina abismal.

En el parque del barrio de Justicia el niño crece rodeado de referentes del Estado, como las estatuas regias de Fernando VI y Bárbara de Braganza (por cierto también separadas por una pequeña valla), o los mismos tribunales. En la Plaza del Poeta Leopoldo de Luis había un monumento dedicado a éste… que se  llevaron a otra plaza de más fuste hace tiempo.

Donde en un sitio la policía representa la seguridad que las clases burguesas buscaron a orillas del eje Prado-Recoletos y Salamanca desde finales del XIX, en el otro el uniforme es sinónimo de intranquilidad. Es en un parque donde un crío de clase trabajadora ha inaugurado tradicionalmente una relación conflictiva con la policía.

Pero primo hermano de la seguridad es el orden y es en el barrio burgués donde el niño respira un clima de perfecto orden: cada cual juega o pasea en su lugar, cada clase social se dedica a sus ocupaciones. La sirvienta, a veces distinguida con uniforme, a hablar con otras sirvientas, los padres jóvenes y más modernos a hablar entre sí, los turistas a ser turistas, reconocibles tras su cámara… Los decibelios en orden, salvo alguna voz, ya ahogada, procedente de una manifestación ocasional en Recoletos. Los asientos perfectamente separados. La gente, en general, de orden.

Es muy probable que una mochila abandonada en el entorno de Salesas (o en otro similar, donde no medie tribunal que lo justifique), produjera la voz de alarma y un cordón policial. Es muy poco probable que sucediera lo mismo en el parque de Tetuán. Lo curioso es que, quizá, la distancia no resida tanto en la diferente atención que un barrio y otro merecen de las autoridades, sino en la propia preocupación que el objeto puede suscitar entre los dos grupos de vecinos.

Barrionalismo

Lo que un barrio es

Es extremadamente sencillo saber lo que es un barrio, pero más complicado es definirlo. Se trata de una categoría intuitiva antes que geográfica. Hasta la extensión de los planes urbanísticos ,los barrios siempre han preexistido, como hecho en sí, a la unidad administrativa que se ha ido apropiando de sus nombres. Por eso son muchos los barrios que han tenido distintos nombres y límites difusos. Posteriormente, y pese al empeño último de negar la calle como lugar de encuentro, el barrio siempre ha emergido como hecho social, contenedor de la vida urbana y la vecindad.

 

barrioUn barrio no lo es si no hay vecinos que se consideran del barrio. Habitualmente, estas identidades se han identificado siempre con los barrios populares (poblados por gente de clase baja o media-baja). De ahí que nadie del barrio de Salamanca o de la Moraleja diría jamás que es de barrio. Y sin embargo lo es. Al menos en el sentido de pertenecer a un hábitat forjado sobre la cotidianidad y sentir una identidad común. Si la sentirán que contratan seguridad privada para excluir a los diferentes. Lo que es cierto es que el barrio tiende a ser bastante homogéneo en cuanto a las clases sociales que lo habitan, por más que haya también desigualdades internas y por más que, en las últimas décadas, la ideología de la clase media haya cubierto gran parte de los barrios, diluyendo la conflictividad social.

En La invención de lo cotidiano, Pierre Mayol aporta una visión sugerente de lo que es un barrio, según la cual constituye un límite difuso que está entre el espacio privado y el espacio público, una especie de hábitat controlado que nos permite pasar con éxito de la intimidad del hogar a la inmensidad inhóspita del mundo exterior. Podríamos interpretar, con él, que el barrio es un rellano difuso.

Efectivamente, el barrio que contiene una vida digna de tal nombre es un espacio repleto de marcas sociales que preexisten al vecino. Con lugares centrales, personas revestidas de carisma por el resto de la comunidad del barrio (y que, probablemente, no sean nadie fuera de ese conjunto de calles), leyendas…La adhesión a un barrio comporta la aceptación de un sistema de valores y comportamientos, unos códigos de sociabilidad no escritos forjados por infinitud de interacciones sociales sedimentadas que, no debemos tampoco obviarlo, pueden ser causa de exclusión social como en todo grupo. Existen en el barrio una serie de transgresiones admitidas, por ejemplo el piropo del tendero en el mercado, que a él mismo sólo se le admitirá detrás de su puesto y con el mandil puesto, o la confidencia, que sólo se le hace a determinado camarero en su puesto de trabajo. De todas estas interacciones sociales surge la vecindad.

El Barrionalismo y la fiesta como construcción barrionalista

Batalla Naval Vallecas

Batalla Naval Vallecas

El término barrionalimo, más informal que académico, se construye como reflejo del nacionalismo. Si este es, siguiendo la definición clásica de Benedict Anderson, una comunidad imaginada, el barrionalismo viene a exacerbar discursivamente lo que el barrio tiene de comunidad real. Se trata de llevar a gala no ya dónde uno ha nacido sino qué sitios ha frecuentado, a la maestra de escuela antes que al padre de la patria, al borracho sabio de tu calle antes que al escritor nacional y al cura también, según dónde, claro. En realidad, es difícil delimitar con certeza lo que cualquier subconjunto social tiene de construido y lo que ha ido surgiendo de forma natural. Algo hay de común en muchas naciones y algo hay de imaginado en los barrios, pero entre un extremo y otro dista lo suficiente como para colgarles respectivamente los apelativos imaginada y real.

La vida de barrio se caracteriza por ser una vida en común, y hay una relación estrecha entre esto y el paso natural a la acción colectiva. Muchas veces -es más fácil- se ha subrayado el resultado (la asociación vecinal, el colectivo de barrio, las instituciones informales de solidaridad…), dejando de lado los mecanismos subterráneos de identificación que lo hacen posible

Muy unida a la construcción de la identidad está la fiesta como herramienta básica de hacer en común o para luchar contra el devenir individualista y disolvente de los tiempos. Pondré algún ejemplo.

Malasaña es un barrio construido popularmente desde los años setenta en el centro de Madrid, que surge sobre otros barrios anteriores, como el de Maravillas. Malasaña no sustituye a Maravillas, crece entrelazado con él. El nombre –una vez más popular, no administrativo- se impone en los años de la explosión cultural de la Nueva Ola y la reivindicación vecinal contra el Plan Malasaña, un plan urbanístico que a punto estuvo de arrasar la mitad de la barriada para construir una suerte de nueva Gran Vía flanqueada de viviendas caras.

En este contexto llegan las primeras fiestas del Dos de Mayo postfranquistas, que pronto se asientan como una de las más populares de la ciudad. Sin embargo, andando los años, el Ayuntamiento del Partido Popular y Ruíz Gallardón, cetro en mano, quitaron las fiestas a sus vecinos para llevárselas a las Vistillas, convertidas en parque ferial de las fiestas impersonales de Madrid. Aunque la festividad se había sacado ya del barrio, a posteriori se utilizaron como excusa unos altercados ocasionados cuando la policía impidió hacer botellón a la gente (en Madrid, desde la Ley Antibotellón, la prohibición queda en suspensión durante las fiestas patronales y de los barrios). En 2009 un grupo de vecinos, entre los que figuraba la asociación de vecinos del barrio (ACIBU), gente de las AMPAS o del CSO Patio Maravillas, empezó a pergeñar unas fiestas populares y autogestionadas, que desde entonces no han dejado de crecer pese a las zancadillas del Ayuntamiento de Madrid.

Batalla naval de Vallecas

Se trata de unas fiestas muy diferentes, con implicación vecinal, y que han fortalecido el tejido asociativo del barrio de Malasaña, como también lo son las Fiestas Populares del Barrio del Pilar, que en este caso recogían la necesidad de hacer piña en un barrio popular hecho sobre la nada por el régimen franquista en los años sesenta. Ya en 1978, antes del primer consistorio democrático, asociaciones históricas del barrio, como La Flor y el Centro Cultural, organizan las primeras fiestas (antes se habían hecho otras, que gravitaban en la órbita institucional franquista). Desde el principio nacen con carácter reivindicativo, pidiendo infraestructuras y luchando contra el proyecto del Centro Comercial La Vaguada. Como en otros barrios, las comisiones de fiestas fueron vaciándose de vecinos a medida que los partidos políticos cooptaron a las asociaciones y las Juntas de Distrito monopolizaron la gestión de los eventos (la Ley de Régimen Local de 1984 sirvió para quitarles a las asociaciones capacidad de implicación).

En 2004 un grupo de vecinos del barrio decidió constituir una plataforma que, desde ese año, ha creado un auténtico rincón popular dentro de las fiestas institucionales (que los últimos años se celebran en el parque de La Vaguada, espacio que la lucha vecinal arrebató a lo que iba a ser también centro comercial). Las fiestas populares tienen contenido político en sus manifiestos, gestión horizontal y todo un programa alternativo. Ante semejante desafío, no es de extrañar que últimamente haya habido intervenciones policiales absolutamente injustificadas a la hora de desalojar las fiestas.

En las fiestas del Dos de Mayo a menudo se recurre a la iconografía del mito del Dos de Mayo vaciado de connotaciones nacionalistas y las del Barrio del Pilar son popularmente las del Barrio de la Pili, aligerando la solemnidad religiosa de la patrona nacional (en realidad se dice que el barrio se llama así porque la mujer del constructor franquista José Banús se llamaba Pilar).

Un paso más decididamente político es el que se dio con la Batalla Naval de Vallekas, que se construyó en un proceso de invención de la tradición, y que constituye el ejemplo más acabado de barrionalimo con el que contamos en Madrid: el de Vallekas.

Vallekas simboliza como pocos lugares en Madrid (y probablemente en España) el barrio como unidad política. Su leyenda a la izquierda del imaginario común se forjó al calor de la fricción surgida entre inmigrantes de las dos Castillas, Extremadura y Andalucía, que llegaron a Madrid desde los años cincuenta, y que se encontraron con la necesidad de levantar ciudad donde no la había, construyendo casas ilegales en terrenos rústicos. La puesta en común de problemas y el apoyo mutuo como vía de supervivencia permitieron la creación de un denso tejido asociativo que, a su vez, amparó a numerosos partidos políticos y sindicatos que se movían en la clandestinidad.

La resistencia, en Vallecas pero no sólo, de este tejido vecinal, se concretó en la exitosa oposición a los planes urbanísticos, que pretendían arrasar con el barrio, consiguiendo que los realojos se hicieran en sus propios barrios y que su diseño contara con la participación vecinal. El Plan de Barrios, que se desarrolló durante los años 80, realojó a más de 3.000 familias entre Palomeras y el Pozo del Tío Raimundo.

Es entonces cuando nace en Vallecas la idea de barrio como plataforma de lucha política, y es en este contexto en el que crece un proyecto de reescritura contrahistórica de la pequeña tradición vallecana que lleva al nacimiento de Vallekas.

En julio de 1982 se celebra la primera Batalla Naval, organizada por la librería libertaria El Bulevar en el marco de las fiestas del distrito. Durante las fiestas se declara la independencia de la República de Vallecas y su neutralidad frente a la OTAN. Reactualizaron el mito fundacional de la población, que lo atribuye al moro Kas (que, ahistóricamente, da nombre al Valle del Kas). Ya tenemos la K. Nació el icono gráfico del barrio y lemas como Vallekas nuestro.

En aquella primera inauguración del Puerto de Mar la gente empezó a tirarse espontáneamente agua para aliviarse del calor, y así nació la célebre Batalla. La mítica sala de Rock Hebe fue durante años el centro de la organización de un festejo barrionalista del que participaba todo el tejido  vallecano. En los noventa, con el Partido Popular, el festejo estuvo cinco años prohibido y hoy vuelve a ser, tras múltiples vicisitudes, una cita ineludible.

Nadie discute hoy el vallekanismo como opción identitaria (reforzada también en su día por el rock vallekano y hoy por el equipo de fútbol, entre otros elementos). A nosotros nos interesa aquí la creación política y consciente de un imaginario común, cohesionador del barrio, pero también inclusivo con los recién llegados. La forma en que las narrativas horizontales pueden ser utilizadas para equilibrar las estructuras de dominación creadas por otras narrativas impuestas desde arriba.

 

PARA SABER MÁS:

De Certeau, M., & Giard, L. (1996). La invención de lo cotidiano: artes de hacer. I (Vol. 1). Universidad Iberoamericana. Recuperado a partir de https://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=iKqK5OfkLnUC&oi=fnd&pg=PR13&dq=La+invenci%C3%B3n+de+lo+cotidiano&ots=pDtUa8k-0Z&sig=V-16dkfsOVT4mc7zFZpNOwcYTT4

Lorenzi, E. (2007). Vallekas Puerto de Mar Fiesta, identidad de barrio y movimientos sociales. Madrid: Traficantes de Sueños, 2007. Recuperado a partir de http://libros.metabiblioteca.org/handle/001/351

Golfos, malvivientes y pandillas del andén.

Las vías del tren de Leganés

Las vías del tren de Leganés

Desde hace unos cinco años hago todos los días la línea de tren que va hasta Humanes para llegar al trabajo. Me bajo del cercanías –o lo cojo, según vaya aburrido o vuelva cansado- en Leganés. Paso por Orcasitas, Villaverde Alto, y otras paradas donde me entretengo leyendo u observando a mis compañeros de viaje. De entre todas las tipologías humanas que, no sin cierta vergüenza, voy creando en mi cabeza, una de las que más presente tengo es la de las pandillas del andén.

He observado que muchos grupos de chicos y chicas quedan en las estaciones de cercanías. Pasan mucho tiempo en los andenes, a los que llegan saltando la valla, frecuentemente en la dirección menos frecuentada. Preparan pasos de baile, charlan, y se encuentran con otros grupos de chicos y chicas que vienen de las estaciones cercanas. A veces los muchachos de las pandillas del andén suben al tren y bajan tras una u dos estaciones. Se nota que son sus dominios, se comportan de manera altiva, muchas veces se estiran ocupando un par de asientos, hablan alto, cantan. Flamenquito, hip hop, reggaetón. Pronuncian con herencias calés, aunque sólo unos pocos son gitanos. Los hay de aquí, de allá y de distintos colores.

Algunos viajeros, inmediatamente, miran hacia abajo ante su presencia, como queriendo pasar desapercibidos. Hay quien mueve la cabeza con gesto de desaprobación o alivio cuando desaparecen. En estos cinco años no es que no les haya visto ocasionar ningún problema: es que no he presenciado que se dirijan a nadie de forma conflictiva o maleducada.

Son, en realidad, sólo una de las muy distintas representaciones humanas posibles de una zona con fuerte componente popular. Quizá una que puede empalmarse fácilmente con el hilo narrativo de los golfos y los representantes de la mala vida – gente de clase baja al margen del sistema productivo- de los que irremediablemente me acuerdo cuando veo hoy estigmatizar y establecer categorías morales sobre chicos y chicas de la periferia o de barrios de clase trabajadora.

En el contexto de la explosión capitalista de las ciudades europeas, durante el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, se produjo un descomunal esfuerzo por la integración social con un reverso tenebroso: el de la creación de un discurso estigmatizador de los grupos sociales provenientes de las clases trabajadoras y los espacios en los que vivían, especialmente el de los grupos más díscolos. En el esfuerzo de creación de la nueva narrativa colaboraron escritores, periodistas, criminólogos, pedagogos y profesionales de la salud mental. Aparecen los golfos, la mala vida, los barrios negros, y toda una serie de frescos sociales dibujados de arriba abajo que vienen a resituar a las clases populares.

Foto del barrio de Peñuelas hacia 1900 | Archivo general de la Administración

Foto del barrio de Peñuelas hacia 1900 | Archivo general de la Administración

El nuevo discurso ponía en el punto de mira a hombres y mujeres que, sin ser considerados necesariamente delincuentes según el código penal, parecen llevar la semilla del delito con ellos, sobre todo si desarrollan su vida al margen del sistema productivo:

Son los criminales, las prostitutas, los mendigos, los golfos y perdidos de toda
especie, la gente que se ampara y reúne en esta clase, tipos heterogéneos y
proteiformes que, desprendidos por virtud de un proceso de degeneración
del organismo social, viven parasitariamente sobre éste, ya perseguidos como
enemigos, ya tolerados como comensales, ya en ciertas relaciones de mutualidad

(Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo )

Uno de los grupos sobre los que, como hoy, cae el discurso criminalizador con más contundencia es la juventud improductiva y perteneciente a las clases trabajadoras. Aunque ahora nos parezca un término castellano de honda raigambre, golfo es un neologismo nacido en este contexto, el chaval habitante de la mala vida. Golfo aparece por primera vez en el diccionario de la RAE en la edición de 1914, definido como ‘‘pilluelo, vagabundo, embaucador’’, remitiendo a un origen probable en el vocablo golfín (ladrón que generalmente iba con otros en cuadrilla). La primera vez que se tiene noticia del uso del término es en un artículo de Pío Baroja, publicado en La Voz de Guipuzcua en 1897. Posteriormente, Baroja escribiría, en 1900, Patología del Golfo:

…microbio de la vida social; echa sus ideas y sus actos disolventes en el
organismo de la sociedad; si ésta tiene salud, fuerza y resistencia, el microbio no
prospera; donde la vitalidad está perdida, el microbio se descompone y sus
toxinas penetran hasta el corazón del cuerpo social. Peligrosidad social aparece: a veces peor considerada que la misma delincuencia en tanto en cuanto podía ‘‘deslizarse’’ por el tejido social, impregnándolo.

En su versión femenina la voz golfa, como ahora, siempre se escribe o dice con connotaciones sexuales y peyorativas.

La mala vida en Madrid. Estudio psico-sociológico con dibujos y fotograbados del natural

La mala vida en Madrid. Estudio psico-sociológico con dibujos y fotograbados del natural

Pero la figura del golfo y del golfillo pronto se tratará como una patología, con la inestimable ayuda de la psiquiatría. Hay en España dos obras cumbre, por su influencia, para la construcción del discurso del niño degenerado: Estudio médico-social del niño golfo de José Sanchís Banús y Los niños mentalmente anormales de Gonzalo Rodríguez Lafora. Sus pilares teóricos son el higienismo, con su inseparable carga moral, y el determinismo positivista lombrossiano. Unen los supuestos procesos de degeneración física y moral, creando el estigma en la imagen de las clases populares.

José Sanchis Banús, tras estudiar una serie de cincuenta niños golfos, llega a la conclusión de que hay un alto porcentaje de imbéciles, creando clasificaciones médicas como anormalidad y locura moral. Para llegar a estas conclusiones se basa en experiencias anteriores llevadas a cabo en Francia, estudiando las medidas antropométricas de estos niños (tales como el tamaño del cráneo) y estableciendo relaciones “científicas” con el delito. Esta patologización de los comportamientos irá planteando las posibles vías de la regeneración: cárcel, manicomio y correccional.

Una vez se hubo definido la patología no tardaron en emerger las instituciones. La Escuela Central de Reforma de Alcalá de Henares, fundada en 1901, fue la primera
institución oficial destinada en España a la reforma y corrección de los niños
delincuentes. Pronto aparecieron otras, públicas y privadas. Estos establecimientos se miran en colonias agrícolas que proliferaban en Estados Unidos y Francia, y en su seno muchos niños y niñas recluidas fueron estudiados por médicos y psiquiátricas, en su afán por poner en relación sus medidas con la idiocia y la degeneración. Al tiempo que se reafirmaba el discurso en gestación y se trataba de reintegrar a los jóvenes al mundo laboral, se reforzaba la noción jerarquizada de la sociedad y la sumisión de las clases menos dóciles.

Aparecieron, simultáneamente, los estudios sobre la llamada mala vida en el marco de la criminología. Esta ciencia fue ganando presencia en una sociedad urbana en la que el crimen se convierte en uno de los grandes temas de la cultura. Es el momento de los primeros crímenes mediáticos, como el Crimen de la calle Fuencarral, cuya cobertura hiciera Galdós.

En 1898 se publica La mala vita a Roma de Alfredo Niceforo y Scipio
Sighele. En 1901, siguiendo su estela, Constancio Bernaldo de Quirós y José María Llanas Aguilaniedo publicaron La mala vida en Madrid, un auténtico bestseller en la época. En 1912 el pedagogo Max-Bembo, pseudónimo de José Ruiz Rodríguez, publicaba La mala vida en Barcelona.

Grupos marginales como prostitutas, homosexuales, mendigos,
vagabundos, estafadores, golfos, gitanos, sanadores, echadoras de cartas y hechiceras, fueron el objeto de estudio y los portadores del estigma de la mala vida, en contraposición al buen ciudadano y al trabajador. En el campo femenino, la acusación moral se centró en colectivos como las prostitutas y las lesbianas, aunque se extendió la sospecha al resto de mujeres de los barrios bajos, lugar de donde procedían la gran mayoría de sujetos a estudio.

Las fotografías y los pies de foto que ilustraban estas obras buscaban trasladar a la opinión pública biempensante la postal del horror del ideario degeneracionista que estaban creando: cuatrero, prostituta, delincuente, mendigo alcoholista, descuidero, uranista, invertido, rufián homicida, son algunas de las leyendas con que se aderezaban las imágenes.

El empleo de la fotografía como canal de creación de una imagen acusadora que, como veremos, tendrá en la prensa un canal privilegiado, puede conectarse fácilmente con el uso que se hace hoy de la televisión a parecidos efectos.

La ciudad era para los criminólogos el espacio natural donde se desarrollaba la mala vida y los barrios eminentemente obreros el epicentro de la geografía urbana del mal, que amenazaba al resto del cuerpo social y a la ciudad burguesa. Los mismos barrios bajos con los que han vivido episodios más importantes de organización obrera en Madrid durante el siglo XIX, como los relacionados con las cigarreras de la fábrica de Embajadores. En La mala vida en Madrid se habla sobre todo de los distritos de Hospital, la Latina y la Inclusa, y de cómo sus habitantes –los malvivientes- se desplazaban por las noches, como una horda, hacia el centro de la ciudad.
Mirado desde el otro lado, los habitantes de los barrios de la mala vida (barrios negros, también se los denominó) se sentían seguros al abrigo de las redes de solidaridad y los lugares de reunión de su territorio, que tan peligroso se aparecía a la opinión pública.

La medicalización del discurso, con el higienismo como punta de lanza, se extiende a la concepción de los espacios. El higienismo predica una relación directa entre la salud y las condiciones del espacio urbano y, de acuerdo con las nuevas directrices de la medicina, que empieza a contemplar la prevención antes que la curación, se crean mapas de la ciudad que señalan los focos de infección. Se hace uso de la herramienta estadística, también en auge.

La topografía socio-médica más importante de la época para Madrid es la de Phillip Hauser, pero este tipo de estudios proliferaron para todas las ciudades. Una vez más, los focos miasmáticos aparecían ideológicamente vinculados con la constitución moral de la comunidad. En el texto de Hauser es frecuente leer, referido a las casas de vecindad, el término focos de infección, o prestar atención al alcoholismo y la prostitución como causas.

Literatos como Baroja también llevan el pensamiento de la degeneración y la regeneración social a las páginas de algunas de sus novelas más conocidas. Así, por ejemplo, en esa disección de la mala vida que es La lucha por la vida, acaba haciendo que su protagonista, Manuel, se sobreponga a su destino, volviendo a la senda de la ética burguesa. Sin embargo, el resto de golfillos compañeros de andanzas conocerán la degradación más profunda. Estos golfillos llevarán los ecos de Lombrosso, y las ideas biodeterministas a las que nos hemos referido al planeta de la alta prosa:

Su cráneo estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban aspecto de brutalidad y animalidad repelentes

El periodismo contribuyó a la creación del estigma de las clases populares y de los barrios bajos con lo que algún autor ha llamado periodismo del cólera. Descripciones que abundan en grabados y fotografías, entre lo sensacionalista y lo etnográfico, convenientemente sostenidas por opiniones expertas. Curiosamente, estos periodistas parecen pasearse libremente por lugares que seguidamente describirán como parajes horrendos y tremendamente peligrosos. Un periodista de pretensiones científicas y prejuicio constante.

En prensa en 1924

En prensa en 1924

Estos reporteros, que se presentan disfrazados en los barrios bajos en un ejercicio de sensacionalismo simpar, son también la correa de transmisión de una pulsión paradójica que aqueja a la sociedad burguesa del momento. El nuevo espacio de transgresión en el que se ha convertido la calle se aparece simultáneamente como un lugar que genera miedo y atracción. De igual manera que las damas francesas, dicen las crónicas, escapaban a los arrabales parisinos al encuentro de las peligrosas bandas de Apaches, también la burguesía madrileña sentía curiosidad por el envés del relato creado alrededor de las clases bajas, y su forma de vida peligrosa, comunitaria y carnal.

Probablemente lo mismo que les repugnaba moralmente les atraía:

Viviendo y durmiendo en la promiscuidad, es maravilla que el adulterio y el incesto no sean más frecuentes de lo que son, con serlo mucho más de lo que se cree generalmente. Y duermen en la misma cama como comen en la misma mesa; hasta que una noche, el hombre, despertado en el orgasmo y en estado de semi-inconsciencia, se halla entre los brazos de su hija, de su hermana o de la mujer más próxima, sin sombra de matrimonio, o mezclados con amores homosexuales

(La mala vida en Madrid- Bernaldo de Quirós)

Sobre el Ensanche Sur (continuación de los tradicionales barrios bajos, en lo que hoy sería Arganzuela) publicaba una noticia La Iberia el 26 de Abril de 1860 titulada Los hampones de Madrid, en la que se podía leer:

En estas casas, sobre cuyas puertas se lee el rótulo “despacho de vino”, consentidas por las autoridades de Madrid para posadas nocturnas, los habituales huéspedes que las frecuentan son mendigos, tiradores, randas y gitanos. Es por lo común costumbre entre esta gente, al tiempo que acercarse a tomar el vino, el pago de alquiler de los niños pequeños que han empleado en calles y parajes públicos haciéndoles llorar. Una vez practicados estos vergonzosos contratos, se mezclan y confunden sin distinción de sexo ni edades, improvisando sus matrimonios con las desgraciadas compañeras que les tocan en suerte, o que se encuentran a su lado.

La prensa retrataba con frecuencia reyertas entre pandas juveniles, con piedras, cuchillas de zapatero y – ocasionalmente-, disparos, en las que los jóvenes eran retratados como bárbaros. Sin embargo, los episodios de violencia contra las mujeres, que abundaban en la época, apenas encontraban hueco en las páginas de sucesos.

A menudo, el clima de terror social que planeaba sobre los barrios bajos provocaba situaciones de pánico social totalmente infundadas. En 1870 se produjo la desaparición de una niña en calle Gorguera (actual Núñez de Arce), junto a la Puerta del Sol. Al día siguiente de publicarse la noticia un hombre fue arrastrado por una multitud en el barrio de Peñuelas, acusado de intentar secuestrar a una niña. Pronto una multitud, junto a la Alcaldía, afirmaba que un grupo de franceses había secuestrado a 23 niñas. Ante el pánico generalizado, las autoridades tuvieron que aclarar que eran todo bulos. El hecho es que algo que había ocurrido en el centro de la ciudad, automáticamente se había trasladado en el imaginario de los madrileños a los barrios bajos.

Hoy podemos encontrar los ecos de aquella criminalización socio-espacial sin movernos de las mismas calles. La zona de Lavapiés (antiguos barrios bajos, desde época incluso anterior a la que nos hemos referido) son una obsesión para Delegación de gobierno en Madrid y la policía. Se trata, también ahora, de un ámbito donde abundan las redes contestarías y los madrileños caracterizados como portadores de la semilla del peligro: los inmigrantes.

La presencia policial en Lavapiés es considerablemente superior a la de otros barrios del distrito Centro, con operativos policiales especiales y continuas redadas contra vecinos de origen extranjero, a pesar de que, según recuerdan con frecuencia asociaciones que operan en el barrio, las tasas de criminalidad no son superiores a las del resto de barrios de la ciudad. Lavapiés fue también el laboratorio de la video vigilancia en la ciudad.

Sin embargo, el estigma de la peligrosidad y la conducta asocial abunda especialmente en el extrarradio madrileño, no en la periurbanización de los PAUs para la clase media sino, sobre todo, en la vieja periferia industrial. En el periódico en el que trabajo, centrado en el barrio de Malasaña, algunos lectores tienen auténtica obsesión con las pintadas de las paredes. Entre los comentarios que dejan son frecuentes las alusiones a la gente del extrarradio ( concretamente de Móstoles, Fuenlabrada, etc.) que “vienen por las noches al centro a ensuciar sus calles ¡Que se queden en sus barrios!”.

Fotograma de Hermano Mayor

Fotograma de Hermano Mayor

Los periodistas nunca dejaron de entrar disfrazados en los barrios bajos, y las clases populares han seguido, hasta hoy, ofreciendo una imagen construida desde arriba, a medio camino entre la recriminación moral –del nini, el cani, el bakala, la choni o el quinqui- y la fascinación exótica. Tal fue el caso de la cultura quinqui en los ochenta. Numerosos delincuentes juveniles de la época fueron tratados como auténticas celebridades por la prensa, que vendía sus intimidades a la vez que moralizaba sobre sus actitudes sin tratar de explicar los motivos de su situación.

Sin embargo, la gran pantalla para la construcción de la imagen estigmatizada del pobre es posiblemente hoy la televisión, que ha cogido el relevo de aquella primitiva fotografía como arsenal para la construcción del discurso. Programas como Hermano mayor, que muestra a jóvenes de barrios populares como si fueran bestias entrando al redil tras la oportuna dosis de civilización, ayudan a fomentarla. Algo parecido sucede con un programa, cuyo nombre no recuerdo, en el que la policía nacional se movía por calles de ladrillo rojo y desgastado, inequívocamente populares, en busca de borrachines y pequeños delincuentes. Todos pobres, muchos migrantes y jóvenes. Curiosamente, algunas de las mayores peleas entre borrachos las he presenciado a la entrada de discotecas caras, pero nunca he podido verlo reflejado en este programa, como tampoco la detención de un criminal de traje y corbata. La cuestión ha salido últimamente a relucir a raíz del Chavs, la demonización de la clase obrera, de Owen Jones, que habla en su libro acerca de esta pornografía de la pobreza. El periodista Ignacio Pato, ha tratado extensamente el tema y extiende el prejuicio construido de arriba hacia abajo, incluso, a los grupos activistas:

Convertidos en carne de cañón de un sistema que los utiliza para obtener un beneficio del que nunca serán partícipes, toda una generación de jóvenes trabajadoras y trabajadores sin contrato, con contrato por horas o en paro. es todavía asaeteada con llamadas a su “politización” forzosa. Acusados de desmovilización, desmotivación y un estilo de vida consumista tan lejos del modelo del esfuerzo capitalista como de la presunta (y oxidada) ética de la militancia izquierdista, son, en el mejor de los casos, ignorados como actores políticos. ¿Y si el 15M hubiera estado formado mayoritariamente por estas chicas y chicos?

Hoy, probablemente, los mecanismos de preeminencia social hacia las clases medias y altas en los sistemas educativos, punitivos o médicos están tan asentados que nos es complicado desgranarlos como hemos tratado de hacer con el tránsito del XIX al XX. Sin perder de vista ejemplos clásicos de reclusión como los CIEs o los centros de menores, a menudo son más sutiles y están más zurcidos a nuestros propios esquemas culturales también, mecanismos como la telerealidad, que nos sigue enseñando la idiocia de los malvivientes en versiones mejoradas de periodismo del cólera. Los grupos segregados en sus barrios segregados sirven a los efectos de servir de contrapunto a esa versión que vino a pisar a la vieja ética burguesa: la ideología de la clase media, apuntalando, como siempre, la dominación a través de la culpabilización moral de las pandillas del andén.

BIBLIOGRAFÍA

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Albarrán, F. V. (2014). Barrios Negros, Barrios Pintorescos. Realidad e imaginario social del submundo madrileño (1860-1930). Hispania Nova: Revista de historia contemporánea, (12), 2–30.
Bernaldo de Quirós, C. (1997). La mala vida en Madrid: estudio psicosociológico con dibujos y fotografías del natural. Huesca; Zaragoza: Instituto de Estudios Altoaragoneses; Egido Editorial.

Campos, R. (2009). La clasificación de lo difuso: el concepto de «mala vida» en la literatura criminológica de cambio de siglo. Journal of Spanish Cultural Studies, 10(4), 399–422.

Cañedo Rodríguez, M. (2012). La ciudad medicalizada: epidemias, doctores y barrios bajos en el Madrid moderno. Journal of Spanish Cultural Studies, 13(4), 372–407.

Clasismo Shore | Periódico Diagonal. (s. f.). Recuperado 15 de julio de 2015, a partir de https://www.diagonalperiodico.net/culturas/23240-clasismo-shore.html

Huertas García-Alejo, R., & others. (1998). Niños degenerados: medicina mental y« regeneracionismo» en la España del cambio de siglo. Dynamis: Acta hispanica ad medicinae scientiarumque historiam illustrandam, (18), 157–180.

Huertas, R. (2009). LOS NIÑOS DE LA «MALA VIDA»: LA PATOLOGÍA DEL «GOLFO» EN LA ESPAÑA DE ENTRESIGLOS. Journal of Spanish Cultural Studies, 10(4), 423–440.
Jones, O. P., & Jauregui, Í. (2012). Chavs: La demonización de la clase obrera. Capitán Swing.

Kung-Fu, el de La banda del Kung-Fu

La banda del Kung-Fu siempre había sido para mí un ente imaginario en una canción de Sabina. “Botas altas, cazadoras de cuero, / con chapas de Sex Pistols y los Who, / silbando salen de sus agujeros / los pavos de la banda del Kung Fu…” Hasta que un día, hace unos años, escuché hablar de ella al hermano mayor de mi pareja, “recuerdo la Canillejas de aquellos años, con la banda del Kung-Fu y todo” ¡La banda era real! Existía al menos, real no sé, porque si algo debe tener en cuenta un historiador es que la versión de la prensa escrita sobre las clases populares acostumbra a ser una imagen construida. Hecha con retazos de realidad, y esto quiere decir que existían, vaya si existían. Y las liaban pardas.

Quien daba nombre a la banda era Pedro Alcántara, un mocetón al que todos llamaban Kung-Fu porque, según alguna versión que he leído, de pequeño solía ir descalzo como Carradine en la  serie. En realidad, el mote fue relativamente común en la época por el éxito televisivo: así apodaron a un boxeador o a un etarra. Pedro, hijo de una pareja de inmigrantes jienenses con seis hijos en la Canillejas de los sesenta, apenas pasó por el colegio y se crió subido al carro de los traperos del barrio. Más tarde viviría en San Blas. Le detuvieron por primera vez con 11, años y el mismo día que cumplió 14 la policía tiroteó el coche robado que conducía, dejándole la boca desencajada y las cuerdas vocales hechas trizas, lo que le conferirá de por vida una singular estampa. Su compañero de tropelías no corrió mejor suerte: quedó ciego.

El primer rastro del Kung-Fu que he encontrado en prensa data de enero de 1979 (ABC, 10-1-79, pg.37). A propósito del secuestro de un niño y de un siniestro personaje, un tal Sargento, que explotaba menores de San Blas, poniéndoles a pedir en el metro o en las cafeterías elegantes de Madrid, aparece Pedro Alcántara Ruiz Kung-Fu, al que ya se tilda de delincuente habitual. El diario equivoca la edad de Kung-Fu, al que atribuye 17 años (no contaba ni 14), algo que posiblemente viene dado por la justificación policial de las detenciones que, según la misma noticia, ya ha experimentado. El periódico explica que Kung –Fu acostumbraba a convencer a menores de entre 11 y 13 años para que pasaran varios días “de aventuras” con él, lo que no cuadra con la aseveración de la propia noticia de que tenía “sus facultades mentales algo disminuidas”

Cuando en noviembre de 1980 (ABC, 11-12-80, pg. 49) la policía de Carabanchel detuvo a El Nini, El Quiqui, El Javi, El Julito, El Niño y El Toni, todos ellos de quince años, sus padres no quisieron saber nada de ellos. El periódico aprovecha para equiparar el caso a la figura del Kung-Fu, lo que indica que hablamos de un delincuente de cierto nombre en las redacciones de sucesos. El rotativo no desaprovecha la ocasión para citar opiniones de un Congreso sobre delincuencia juvenil que incidían en la necesidad de encerrar a estos menores en centros más seguros que los correccionales de la época.

En 1983 (15-3-83, pg. 41) ABC da cuenta de las andanzas de la Banda del Kung-Fu en la Alameda de Osuna,  barrio residencial limítrofe con sus dominios. Según el periódico, los tirones y agresiones de los muchachos del Kung Fu ocasionaron la organización de patrullas vecinales “armados de palos y objetos contundentes”.

Volvemos a toparnos con el Kung-Fu en prensa en 1985. El diario Mediterráneo (1985, Noviembre, pg. 27) informa de que una banda de jóvenes llevaba años atemorizando a los estudiantes y profesores de los colegios e institutos de San Blas. Robar el peluco y la chupa a punta de navaja, y a la salida de clase : un clásico que los que fuimos al colegio durante los ochenta recordamos bien. Pues bien, uno de los atracadores era, al parecer, el hermano pequeño del Kung-Fu, quien la nota aclara estaba en ese momento en prisión.

En mayo de 1986 (El País, 30-5-86) Kung-Fu debía haber salido de la cárcel…puesto que fue de nuevo detenido, acusado de cometer cinco atracos en los barrios de Ventas y Buenavista. Las víctimas describieron al atracador con una gran cicatriz en el rostro, lo que rápidamente hizo pensar en Kung Fu, sin embargo, fue puesto en libertad sin cargos. “Debo ser un dios, porque estoy en todos los lados al mismo tiempo, todos los comerciantes me ven a mí en los atracos”, declaró al periódico. No era la primera vez que su fama y sus cicatrices le habían endosado  un crimen que no había cometido. Ya en 1984 (El País, 10-05-84) fue arrestado por el asesinato de Antonia Clavero de la Iglesia, de 74 años, que en diciembre de 1983 fue encontrada muerta en su domicilio con 64 puñaladas. Posteriormente se encontró a los verdaderos asesinos. En una entrevista, en 1980, ante la extrañeza de sus padres por no haber visto nunca un duro de los numerosos atracos que le colgaban a Kung-Fu (alguno en Barcelona o Guadalajara), éste decía  “se lo gasta la policía en cubalibres”.

La mejor semblanza sobre un Kung-Fu aún niño la deja un amplio reportaje de Ángeles García en El País (El País, 18-05-80) en el que su familia, poco después de una detención llevada a cabo tras una persecución de 20 kilómetros a más de 120 km/h por las calles de Madrid, parece reclamar ayuda a quien quiera escuchar. Kung-Fu, sentado en el sofá de casa, sin casi poder articular palabra por las heridas de la garganta, asiente ante el relato de una madre que parece sobreprotectora –aún baña al angelito de Kung-Fu- y un padre desdeñoso con su hijo “el tontito”. En el artículo se insiste en que Pedro es un “niño límite”, aunque lo que parece desprenderse del relato es que podía haber tenido dificultades de aprendizaje, así como el interés de sus padres en mostrar a Kung-Fu como un pobre demente del que los muchachos mayores abusaban para que condujera –en esto era el mejor- y se autoinculpara. El sólo quiere ser mecánico. No pueden pagar un colegio especial. Reciben 3.000 pesetas de pensión del Montepío por la deficiencia del muchacho y son más pobres que las ratas. La vida.

Nada sé del final o el posterior destino de Kung-Fu o ¿ya Pedro? Sólo he encontrado una referencia en el blog de Paco Gómez Escribano en la que, recordando su infancia en Canillejas, refiere brevemente que murió en un penal de Cádiz, punto que no tengo forma de comprobar.

Poblados de absorción, barracones de extrarradio y lodazales dejaron un Madrid áspero en el que creció la movilización vecinal junto al desarraigo quinqui. Distintas formas de solidaridad y asociacionismo, hijos de la misma atmósfera. Los tiempos de jeringuillas, robos de SEAT 127 por micos cuyas cabezas apenas asomaban por el parabrisas, y palizas inmisericordes en comisaría, han llegado transportados por cierta cultura popular –o de lo popular- en forma de cine quinqui, rumba de Caño Roto o una crónica periodística que, en el momento, trató a aquellos chiquillos como estrellas mediáticas. La revista Interviú sacó fotos “íntimas” de El Chocolate y su pareja y se hicieron fotonovelas sobre las andanzas de El Vaquilla. Estrellas de usar y tirar que no eran más que el reflejo de otros tantos chavales. Todos con mote, muchos muertos. El mito del delincuente de buen corazón, probablemente, refleja la comprensión popular ante lo que la vía quinqui tenía de ruta natural para muchos jóvenes de San Blas, Orcasitas, Villaverde, Carabanchel, Pan Bendito, Torrejón de Ardoz, Fuenlabrada, Alcorcón o Móstoles. Eran también, para muchos, uno de los nuestos. El interés morboso de cierta prensa, de otro lado, recuerda la mirada decimonónica sobre el pobre como ser promiscuo, de poca capacidad intelectual, culpable, en cierto modo, de su propia miseria. Un doblez entre el desdén moral de clase y la atracción secreta por la vida desordenada de las clases bajas que reedita las viejas contradicciones de la burguesía urbana.

El Kung-Fu, seguramente, fuera un tío demasiado feo para salir en portadas o protagonizar películas, por lo que cuentan las crónicas. Sabina hizo una canción a su banda sin mencionarle, su rastro se pierde en las hemerotecas. “Desde el suburbio, cuando el sol se va, / a lomos del hastío y la ansiedad / vendrán buscando bronca a la ciudad”.